Hemos hecho lo nuestro y lo hicimos lo mejor posible; nos montamos en una vigilia para ser los primeros en votar; como pueblo civilizado respetamos las normas del Consejo Nacional Electoral y evitamos confrontaciones con grupos adversos, no hicimos comentarios publicitarios a ningún partido y en todo momento estuvimos apegados a la ley.
A pesar de que el candidato de la oposición tuvo una campaña electoral atípica y en desventaja pues, no hubo medio de comunicación que cubrieran su campaña y lo peor, el régimen se dio a la tarea de expropiar sonidos y vehículos, motos, canoas y caballos; de cerrar calles, avenidas, hoteles, restaurantes y ventas de empanadas; de apresar a todo el que prestara algún servicio al señor Edmundo González Urrutia y a la señora María Corina Machado.
A pesar de las trabas se logró llegar al 28 de julio con un candidato unificado que expresaba y expresa el deseo de cambio de la mayoría de los venezolanos. Pero no valió para ellos que nosotros fuéramos civilizados, que nuestros líderes sirvieran desde el ejemplo, con rectitud, anteponiendo sus intereses personales por el bien del país; y no valió porque ellos representan el extremo de la deshonra, de la ignominia; representan el mal ejemplo, no solo para nuestro país, para el continente; el mundo está viendo lo que son capaces y aun así los gobiernos siguen pidiendo actas en lugar de desconocer al señor Maduro.
Amigos que me escuchan, no estamos bien porque estamos heridos; la justicia está herida; la justicia venezolana, sí; pero acaso ¿no es la idea de la justicia la misma en todo el mundo?; si atropellan a un pueblo por querer ser libre, si lo matan, ¿no es eso, acaso, un acto de injusticia universal? No estamos pidiendo que vengan a luchar por nosotros, no, estamos pidiendo que nos ayuden moralmente, con sus palabras de aliento, con sus oraciones, con sus buenos deseos; que difundan las aberraciones de la tiranía; que sus voces, junto a las nuestras se alcen por la libertad.