Te busco y me huyes, te encuentro y te conviertes en melodía. Atemorizado y a la vez enajenado me escondo tras la arboleda a observar tu silueta que engalana la más bella melodía que entonas a Zeus. A veces tu sonrisa incitante cautiva las miradas de otros con quienes comparto en la guerra mis armas. Tus ondulantes piernas cascabelean frente a mi, provocando que mis más básicos deseos invadan todo mi ser. El manantial que cuidas, se refleja en tus ojos, y son tus labios llamado ancestral para subir al Olimpo. Cantas una melodía en armonía con Calipso, bailas y cortas con tus rizos el viento, y en la herida de él viaja tu aroma de jazmín y coco. Corro tras de ti hasta verte desaparecer. Una vez lejos vuelves a tu auténtica silueta, y en esta oportunidad se nota en tu mirada el deseo de que siga tus pasos. Tus anhelos afloran de tu piel, las ganas de correr hasta los brazos de tu perseguidor se hacen más grandes. Pero, cautiva de tu deseo temes encontrar en mí, alejamiento como el sol al atardecer. No dejas que te venza el cautiverio y te abalanzas hacia mi con las infinitas ganas de encontrar todo a lo que antes huías. Yo deseo ser Odiseo, y vivir en ti el resto de mis días, olvidándome de mi mundo. No quisiera salir de tus brazos porque ellos me provocan paz, no quiero dejar de mirar tu ojos, porque en ellos consigo la felicidad. No quiero alejarme de tus manos suaves de algodón causante de mi ensueño. Mucho menos tu canción, que es el arrullo de mis deseos. Y estando justo ahí, despierto mordiendo mis labios, saboreando tu dulzor y anhelando tu figura. Descubro que solo fui preso de tu encanto divino. 9