Relato breve: El inquilino, original de @janaveda

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El inquilino

— Buenos días señora Rosa — dijo el inquilino al bajar por la escalera mientras se arreglaba el gabán negro en su camino a la reja del anexo.

El sol irradiaba con todo su esplendor, el rocío sobre las flores que adornaban el camino empedrado que daba la salida era testigo de la frescura de la época del año.

— Buen día Tranquilino, que tenga una excelente jornada — respondió la dulce doña con una sonrisa, en su mano asía el rociador e inspeccionaba con detenimiento su amado jardín.

Hacía tres años del fallecimiento de Manuel, su marido, ahora sola, regentaba la amplia casa de múltiples cuartos independientes, obra de muchos años y sacrificios que funcionaba como hostal informal para inmigrantes provincianos. Ella misma había llegado a la gran ciudad en esa condición, más de 50 años y aún mantenía el acento lugareño que delataba su origen.

Tranquilino, el único hombre en la residencia, salía habitualmente a las siete de la mañana y solía regresar en la penumbra de la noche. Joven, alto y bien parecido, de buenos modales y elegante en el vestir, tenía solo seis meses de haberse alojado, gracias a la solicitud de una paisana de doña Rosa, la doctora Sandra.

— Son muy lindas sus plantas, fiel reflejo de quien las cuida — contestó con naturalidad el joven inquilino sin detener el paso hacia el portón estaba semi cerrado a dos metros de distancia.

La madura señora levantó la mirada para ver como el apuesto muchacho cerraba el portón, conocía de los buenos ademanes de su inquilino, pero esta vez, en su interior intuía una tenue y agradable insinuación. Durante todo el día, aquella corta frase retumbó fuertemente en su cabeza, claro, pensaba, son solo interpretaciones mías, él fácilmente pudiera ser mi hijo mayor.

Generalmente, doña Rosa disfrutaba de la soledad de la gran casa, el cual era interrumpida por la visita esporádica de algunos de sus tres hijos. La más asidua, Patricia, quien los miércoles sin falta, la acompañaba a tomar el café alrededor de las dos de la tarde para charlar sobre asuntos misceláneos. Afortunadamente, ella gozaba de una salud envidiable para las personas de su edad, y en apariencia, no faltaba quien la elogiará al compararla con su hermosa y voluptuosa hija.

Ese día Patricia vino a visitarla como de costumbre, por un momento pensó en comentarle sobre el incidente con Tranquilino, pero desistió, al considerar que tal vez, solo se trataba de su propia imaginación. La conversación amena y trivial transcurrió por largas horas, la noche entraba gradualmente por los ventanales.

— Mamá, es hora de irme, me acompañas al estacionamiento — dijo la joven.

Ambas salieron al porche, justo cuando la puerta principal se abría, era Tranquilino quien regresaba.

— Buenas noches doña Rosa y señorita — era la primera vez que Patricia y el inquilino coincidían, la doña prontamente los presentó según la costumbre.

— Tranquilino, conoce a mi hija, la menor.

— Mucho gusto en conocerla, usted es tan linda como su madre — estrechando su mano con suavidad.
Patricia le miró fijamente y sin titubear le respondió que era un placer conocerle y que lamentablemente debía marcharse, que tendrían ocasión para conocerse mejor. Embarcó en el carro, un Mustang color azul del año 2007, diciendo:

— Adiós Mamá, cuídate mucho, te amo — encendió el potente motor, las puertas tras de sí se abrieron lentamente y con cuidado, salió de la casa que la albergó hasta su partida a la universidad en el exterior.

— Muy linda su hija doña Rosa — comentó Tranquilino.

— Así es joven, linda e inteligente — puntualizó la doña.

Las otras inquilinas estaban por llegar. Cinco más para ser exacto. Jóvenes estudiantes de buenas familias referidas por amigos cercanos de Rosa. El caso de Tranquilino era especial, no solo por ser hombre sino por ser el hijo de la doctora Sandra, la obstetra de sus hijos, durante su estancia, las veces que charlaron, los temas de conversación eran centradas generalmente en la pasión de la dueña de casa, su jardín.

El jardín de Rosa era la envidia de la zona residencial, en dos ocasiones había sido galardonado como el más hermoso del este de la ciudad. Un motivo gratificante que daba consuelo a Rosa luego de la muerte de Manuel.

—Doña Rosa, tengo algo que confesarle — con una voz ronca y serena, cogió por sorpresa a Rosa.

— Dígame Tranquilino, que es eso que quiere confesarme.

La intriga hizo presa de Rosa, no entendía lo que motivaba al joven galán a confiar en ella. ¿Será que no era mi imaginación? su corazón empezaba a latir más rápido y sus manos heladas destilaban pequeñas gotas de sudor.

—Manuel, su difunto marido, era mi padre.

No podía creerlo, tantos años conviviendo con él y ni siquiera fue capaz de decirme que tenía un hijo fuera del matrimonio, pensaba sobresaltada la bella doña.

Tranquilino la miraba fijamente con ternura, presto a cualquier reacción.

—Mi padre nunca supo de mí, porque mi madre lo amaba de una manera peculiar, que prefirió verlo feliz con usted, a sabiendas que podría afectar su relación.

—Luego de la muerte de mi papá, fue que supe quien era. Lamento no haberlo conocido en persona, solo supe algunos aspectos de él por referencias generales de mi mamá.

La bella señora no salía del asombro, ahora detallaba al joven y reconocía en él, ciertos ademanes de su difunto esposo. Ahora entendía, porqué le agradaba.

— Y que buscas aquí — preguntó doña Rosa algo sobresaltada.

— Conocer a la mujer que tanto respeta y quiere mi madre. Por fortuna, tengo un buen trabajo y en lo material, nada me falta. Ahora entiendo, el silencio de mi madre, lo de ella y mi padre, nunca fue.

— No entiendo — dijo Rosa.

— Tendré tiempo de explicarle, si me permite. Yo soy el prodigio de la ciencia guiada por la mano de Dios. Mi madre era estéril, por eso estudió medicina y oraba constantemente.

— Su marido, mi padre, estaba en la universidad en aquellos días, cuando donó esperma al igual que cientos de hombres para un experimento. Mi madre, la docente encargada del proyecto, eligió conscientemente su semen. Un 6 de julio, luego de nueve meses nací, de allí mi nombre, en honor al mártir del santoral.

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Notas:

Relato original de janaveda@janaveda

Imagen principal diseñada con base en imágenes de cortesía de Pixabay:

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