—¡Apúrate compañero! No hay tiempo que perder. El soplón nos espera a las ocho, y ya empieza a anochecer.
Rogelio acaba por ajustarse el chaleco antibalas, ocultándolo debajo de la camisa a cuadros que le regaló su madre cuando cumplió 24.
Germán está algo ansioso, entrarán en una zona dominada por la banda más peligrosa y violenta de la ciudad, pero ambos están dispuestos a asumir el riesgo. No buscan precisamente justicia, solo información para dar con el paradero de los responsables del asesinato del compañero de academia.
Detienen el carro y aparcan a una cuadra de la cancha. La calle está desolada, y el silencio es extremo. Las luces opacas del alumbrado público denotan ausencia de la acción del gobierno local.
Rogelio desasegura el retén de la pistola automática sin sacar la mano del saco, mientras Germán se adelanta una decena de pasos. No ve de donde sale la frágil joven que aborda a Germán. Piensa, «esa niña no tiene apariencia de ser de aquí».
El detective regresa escoltando a la agraciada mujer de una blancura especial que contrasta y casi ilumina el lugar.
Rogelio continúa empuñando el arma, observando de lado a lado con disimulo. Busca en las esquinas y en las ventanas de las vetustas casas cualquier indicio de peligro.
—¡Compañero, volvamos al carro! Hay que sacar de aquí a la señorita.
Rogelio se adelanta, abre la puerta posterior del lado del copiloto y bordea por la parte trasera del vehículo intentando intensificar la visión hasta abordar y encender el motor.
La rubia sentada en medio del asiento, hace contacto visual a través del retrovisor. Los ojos son claros pero intensos y trasmiten una sensación inusual. Germán cierra la puerta e indica que arranque.
Tanto Rogelio como Germán aleccionan a la mujer. Le dicen que es temeraria o muy inocente al andar por una barriada tan peligrosa, e inclusive, aceptar abordar un vehículo con desconocidos. Que tiene mucha suerte de que ellos son detectives.
Ella, solo los mira sin replicar. Rogelio, cree reconocer una rara serenidad y hasta una mirada compasiva. Él fue el mejor de su clase en las asignaturas de psicología.
Han avanzado más de una veintena de cuadras en una ciudad libre de tráfico. Germán observa el reloj cuando la chica les dice que la dejen en la esquina.
Rogelio aminora la marcha hasta parar de un todo. Observa alrededor, ni un alma a la redoma.
—¿Está segura señorita? —, pregunta el conductor.
—¡Absolutamente! —, contesta con una voz cálida y segura.
Germán sale del auto y le abre la puerta diciéndole que se ande con cuidado.
Ella lo mira mientras desembarca agradeciéndole el gesto y preocupación, agregando, que por favor se cuiden mucho.
Germán entra de nuevo al carro y al mirar en dirección a donde se supone camina la mujer, queda sorprendido. Ya no está.
—¿Dónde está?
—¡No sé. Ella acaba de bajar. Debería estar allí! —, contesta Rogelio.
Ambos hombres se bajan y buscan por un buen rato a la dama. Nada, sé ha desvanecido.
—¡Germán, anda vayámonos de aquí! ¡Esto es muy extraño! —, el escalofrío le recorre la espina dorsal.
Vuelven al lugar de reunión, pero es inútil. No consiguen al contacto y abandonan el peligroso sector.
Una semana después, el soplón es detenido infraganti robando a una mujer. El jefe de la comisaría los comisiona para el interrogatorio de rigor.
El soplón al verlos no aguanta las ganas de decirles lo afortunados que son al escapar de la emboscada de aquella noche en que debían morir.
Una micro ficción original de @janaveda
Imagen de graham wizardo en Pixabay