El Maestro
«¡No sé que hago aquí! Aunque confieso. Me atrae el halo de misterio detrás de ellos.»
El magnifico edificio blanco se yergue ante él. La sede principal de la organización que antaño era secreta. Ahora, en pleno siglo XXI, despojada del manto de invisibilidad dentro de la opinión pública se ha vuelto discreta. Sin embargo, más allá de los rumores y fotografías de sus claustros, el velo sigue inalterable dentro de la desinformación.
Camina en compañía del anfitrión, a quien conoció hace meses dentro de la universidad cuando cursaba estudios de posgrado en sociología. Nunca pensó que las tertulias en el cafetín lo conduciría por el sendero de un misterio milenario, según el consenso ampliamente aceptado, o debería decir, dentro del imaginario colectivo.
Observa la antesala, los muebles y cuadros coinciden con las imágenes enigmáticas, llenos de simbolismos esotéricos que abundan en la internet, él piensa en el escenario surrealista que se entrelaza con lo clásico, en el encuentro entre lo viejo y lo moderno. El anfitrión lo conduce hacía el gran salón, donde supuestamente lo espera el gran maestro de la orden.
Ambos entran a través de la puerta elíptica, él instintivamente cubre con sus manos los ojos, la luz es tan intensa que lastima sus pupilas, tal cuando se intenta ver al Sol. El anfitrión le ordena cerrar los ojos mientras le entrega unas gafas oscuras.
«Duele ver», piensa. El anfitrión le responde:
—Claro que duele—, colocándose las gafas.
Él está impresionado, en su soliloquio mudo añade, «cómo supo lo que pensé». El anfitrión sonrió y lo miró, diciéndole:
—¡Vienes por respuestas, y te sorprendes de que sepa lo obvió!
Él calla y piensa, «¿adivina o deduce? Soy tan fácil de predecir».
—Ni adivino, ni deduzco. Solo escucho tus pensamientos.
Un sobresalto se apodera de él al escuchar tan certera afirmación. Detalla bajo el prisma de los anteojos el salón. No diferencia la unión entre el piso, las paredes y el techo. Siente una extraña sensación de infinitud que lo marea, cuando escucha.
—Es normal que tengas algo de vértigo y desorientación. Aquí no hay abajo ni arriba, solo percibirás que estamos en el centro.
—¿Dónde está el maestro? —, replicó, visiblemente asustado.
—¿Por qué temes? ¿Acaso esto no es lo que querías?
—¡Sí, pero!
—¡Pero nada! —, lo interrumpió con un tono duro y grave.
Él lo observó percatando como el anfitrión se quitó con lentitud las gafas, dejando escapar destellos, horrorizado le pregunta:
—¿Quién eres? —, volteando la cabeza en busca de la puerta elíptica.
—¿Por qué preguntas lo que ya sabes? —, sonríe para dejar escapar unas carcajadas escalofriantes. —Cuando hablábamos en el cafetín, nunca tuviste miedo de mí. Ahora, te revelo quien soy, y olfateo la adrenalina y las feromonas de tu cuerpo, ¿quieres que me aparte?
—¡Eres el maestro! —, expresó con los ojos desorbitados. —¿Qué quieres de mí?
—De nuevo preguntas lo que ya tú sabes. ¿Teníamos un trato? —, volvió a reír.
Fin
Una micro ficción original de @janaveda
Imagen de Gordon Johnson en Pixabay