Enrollada en la cama, esperaba como siempre a su presa. No entendía el porqué la trataba con tanta ternura y ponía esa cara tonta cuando la veía.
Lo único que agradecía, era la ración de los suculentos ratones y pollos, pero ya estaba aburrida de la misma comida. Necesitaba una presa más grande, y ella era una buena candidata.
No obstante, debía esperar un poco más. Aún no estaba preparada para engullirla. Podría morir atragantada si cedía a sus instintos. Así que con paciencia la medía cada noche en la cama cuando era invitada a dormir con ella.
Con el tiempo, Lucrecia, creció considerablemente hasta convertirse en un ejemplar verdoso muy hermoso e imponente que debía soportar a la mujer de los ridículos mimos.
—¡Lucrecia!, ¡Lucrecia!, ¡Lucrecia!, ¿dónde estás escondida? Te traje lo que tanto te gusta —, gritaba Inocencia al llegar a casa luego de una intensa jornada de trabajo.
Miró en la cocina y en la lavandería sin divisarla. Pensó que de seguro la hallaría en el cuarto esperándola como siempre. Más estaba algo preocupada, pues Lucrecia no aceptaba como antes la comida.
Prendió las luces del pasillo. Subiendo las escaleras agitó a los pollos, pero Lucrecia permaneció impávida observándola con detenimiento.
—¡Lucrecia!, ¿qué te pasa? Mañana sin falta te llevo al veterinario. Algo malo debe ocurrirte.
Inocencia bajó las escaleras rumbo al patio. Abrió la jaula y dejó en esta el par de pollos. El plan fracasó y los pollos tuvieron otra noche para vivir.
Muy temprano, Inocencia puso a Lucrecia en la jaula portátil. Le costó introducirla, apreciando lo mucho que había crecido y lo pesada que estaba, a pesar de su reciente negativa por comer.
Lucrecia parecía molesta. Nunca antes le observó tal conducta.
El veterinario la examinó exhaustivamente. Asimismo, estaba sorprendido por la rara relación de la pareja: una bella dama de apariencia frágil y dulce y la magnífica criatura al borde de la extinción.
—¡Doctor! Dígame, ¿qué tiene Lucrecia?
—Lucrecia está en excelente condición física, y es realmente grande para su edad. Dígame señorita, ¿dónde duerme Lucrecia?
—¡Conmigo, en mi cama! —contestó sin dudar.
—¡Cuénteme algo! ¿Lucrecia se estira antes de dormirse?
—Ahora que lo pregunta. Sí, tiene un par de días haciéndolo. ¿Cómo lo supo?
El veterinario enserió y le dijo sin tapujo, —la mide para comérsela.
Inocencia no podía creer cómo una criatura indefensa traída desde la selva amazónica por su padre, y a la que cuidó con esmero. Tuviera un plan tan malévolo en su contra.
—Señorita Inocencia. Lucrecia no tiene culpa alguna. Ella simplemente responde a su naturaleza. Así que tendrá que dejarla aquí, hasta que nosotros podamos reintroducirla al hábitat de donde jamás debió salir.
Fin
Una micro ficción original de @janaveda
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