Como agente difusora de las cosas “buena vibra” que aún se ven a diario en el mundo, decidí el día de hoy hablar un poco sobre una de las cosas que, junto a la música, me encanta hacer: viajar.
Y es que cuando se mezclan cosas tan maravillosas como el movimiento y los sonidos, cosas grandes pueden ocurrir.
Siempre me pareció interesante la interacción que tenía un viajero/turista/ trotamundos/extranjero o como quieran llamarlo, con culturas, colores, sonidos, sabores y aromas diferentes; cómo hacían para mostrarse vulnerables frente a un mundo completamente desconocido. Sensaciones comencé a experimentar al ver y leer mucho al respecto hasta que, luego de distintas experiencias y momentos comenzó a gestarse la idea de mezclar ambas pasiones.
Y así es como empieza Viajar Tocando, la cual fue una iniciativa creada para salir de las salas de conciertos y sumergirnos en la inmensidad que está justo después de aquellas puertas.
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Pero más allá de simplemente viajar y conocer como un simple espectador, existe una razón aún más importante que mueve las raíces de esta iniciativa, y es precisamente esa interacción, esa conexión directa con las personas nativas; esos que creen en lo que hacen, que hacen lo que predican y se sienten arraigados con lo que ven día a día.
Es así como conseguimos realizar un viaje a Valencia, Estado Carabobo - Venezuela, específicamente a un bello y encantador pueblo llamado Montalbán. No fue muy difícil enamorarme de aquella enorme montaña que daba frente a calles típicas de pueblo con sus colores, sus árboles, su plaza, su iglesia y su gente, gente que me abrió sus brazos para decir: esto es nuestro, pero lo compartimos y queremos que también sea tuyo.
Con instrumentos guerreros montados a nuestras espaldas fuimos dos saxofonistas, un fagotista y un cellista a llevar aquello que une y sensibiliza a comunidades enteras.
La música no es exclusiva.
Nuestro objetivo inicial es trabajar con los niños y presentarles aquellos instrumentos que, para muchos eran "bien raros", como bien nos hicieron saber; así como también trabajar elementos musicales utilizando nuestro cuerpo (metodología de Dalcroze).
Una de esas gratas experiencias fue en el “Cerro El Marquero”: montaña encantadora. Llegamos luego de rodar unos 30 minutos y caminar unos 20 más. Miles y miles de hectáreas comprendían ese espacio divido por caseríos donde había ganado y mucho espacio para sembrar. Llegamos al hogar del señor Carlos, quien con todo el amor del mundo nos brindó su espacio y nos presentó a su familia. Entre piezas del barroco y música venezolana dimos paso a un sin fin de sonrisas y conocimiento que amplió nuestros horizontes.
Este es solo el comienzo de un camino amplio y lleno de experiencias, camino que pretende sobrepasar y llegar a cantidad de lugares con la verdadera intención de dejar nuestra huella.