Las humanidades existen desde siempre, y parten principalmente de la Filosofía. Se puede decir que en la Filosofía se originan las disciplinas sociales y científicas, puesto que es de la necesidad de elucubrar sobre hombre y la naturaleza, que se impulsa el estudio profundo de las diversas áreas del saber.
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Sin embargo, el uso del término “humanismo” data del Renacimiento, es decir, de entre los siglos XV y XVI, específicamente en Italia, cuando a los maestros encargados de enseñar lenguaje se les llamaba “umanistas”. Por otra parte, a mediados del XIX, gracias al auge que alcanzó el método científico en ese entonces, se intentó (en vano) aplicar la misma rigurosidad al estudio de las áreas sociales, para ganarse la credibilidad de los destacados académicos de la época.
Afortunadamente, diversos críticos del momento se percataron de que ambas ramas no se pueden estudiar de la misma manera, y que paradójicamente, lo que le otorga profundidad a una, se la quita a otra.
Cabe destacar, que la palabra humanismo, no solo se refiere al estudio de las ramas sociales, puesto que también, este término se utiliza para referirse a nuestra capacidad para ser sensibles ante las realidades de otras personas.
Dicho de diferente manera, cuando eres un verdadero humanista, comprendes que no hay necesidades ajenas, sino que el dolor de otros, es el problema de todos. Gracias al humanismo, nacieron los que mundialmente llamamos “derechos humanos”, es decir, el respeto a los derechos que nos pertenecen a todos, sin ningún tipo de distingo: vida, salud, comida, cobijo y educación. A nivel mundial, lamentablemente existen graves tragedias sociales: hambruna, personas que mueren de enfermedades curables, niños desprotegidos, pedofilia, guerra. El humanismo nos permite comprender, que estos problemas son un paso atrás en nuestra evolución, es decir, en nuestro crecimiento como especie. Cada sociedad, cada país, cada gobierno, está llamado a intervenir de una u otra manera, para que mermen estas situaciones caóticas.