Después de muchos años, la vida, que a veces es traidora y otras veces noble, nos puso frente a frente.
Ya no tengo aquella fina cintura ni la piel de azucena, ni aquel rostro lozano que irradiaba mil destellos de colores, pero aún conservo la misma mirada.
Esta tarde, el silbido de la brisa quiso regalarnos un vals, y en ese instante, como aquella vez, tu mano se posó en mi mano, tu otra mano en mi cintura y la mía sobre tu hombro, mientras un abanico de recuerdos se desplegaba en el aire.
Divina adolescencia que renació besando apasionadamente los labios de la nostalgia.