Somos la única permutación de átomos que ha triunfado sobre la entropía, y la única que es consciente de ello. Todo lo que hoy conocemos es el resultado de una serie de sucesos acontecidos dentro de todos los que eran probables pero no ocurrieron. Cualquier cambio en uno de ellos, por mínimo que hubiera sido, habría devenido en un universo muy diferente al que conocemos. Es decir, somos esclavos del azar.
Todas las vidas probables de un hombre suman 1, que es la certeza absoluta. Al menos una de ellas ocurrirá con total seguridad, y será esa, y solo esa, la única vida que viva. En otras palabras, a cada hombre le corresponde una fracción de 1, una parte de todos sus destinos probables. Los griegos se referían a esta porción con la palabra μοῖρα (parte, porción, lote). Uniendo las μοῖραι de cada hombre, sumando todas sus probabilidades asignadas, obtenemos el 1 global, el presente que todos vivimos y que consideramos cierto. Pero esta certidumbre del ahora que todos tenemos no deja de ser otra μοῖρα, otra parte más del todo, otro mundo más de entre todos los que habrían sido posibles. De hecho, el destino global y el universo que conocemos no son otra cosa que la materialización de todas las vidas probables de un hombre. Si fuera posible que un hombre viviera al mismo tiempo todas sus vidas probables, los 7 billones de personas que habitan la Tierra serían ese hombre y ese hombre no sería nadie.