Puedo coincidir con otras personas en el mismo espacio-tiempo, entablar una conversación agradable, e incluso mantener una relación romántica en el largo plazo, pero no puedo conocer a nadie, ni siquiera a mí mismo. Solo veo a través del filtro de mi conciencia, a través de una lente translúcida empañada por lo falible de mi condición humana, exactamente igual que el resto de los mortales. Soy un juego de espejos, una vasta red de reflexiones superpuestas ¿lo que veo es lo que soy o solo soy lo que ven los otros? Quizás las dos cosas, o ninguna. Está claro que no soy lo que pienso, incluso los espíritus más nobles tienden a tientas al autoengaño. Solo sé que existo como organismo pluricelular, como mamífero bípedo dotado de conciencia y lenguaje. Soy la imagen viviente de un sinfín de bases nitrogenadas, la flor y nata de lo que podría haber sido mi progenie. Pero también soy lo que quiero. Mi experiencia puede ser mi realidad, lo que convierte el autoengaño en reafirmación. Los otros, sin embargo, no pueden saberlo. Yo soy mi mundo y el mundo de los otros son los otros.