Un día el mundo será solo tinieblas,
cuando el Sol se desentienda de nosotros
y las galaxias vean su luz ahogada
en el éter infinito del espacio;
un espacio que no deja de expandirse
hasta fríos rincones aún ignotos
para el humilde ojo desnudo del hombre.
No verá el binocular las formas áureas
de la Vía Láctea; ni apreciará
el telescopio los colores de Andrómeda.
Será entonces la Tierra un mar de escarcha
envuelto en un nocturno velo abisal.
Acelerará en perpetua travesía
obliterando cualquier forma de vida:
hombres, aves, mamíferos y reptiles;
flores, prados, árboles y bosques
morirán en un invierno sin estrellas
que no sabrá del candor primaveral.
Cerraremos entonces otro episodio
de la gran historia astral del universo
y ocuparemos una ínfima porción
en la eternidad profana de los tiempos.
Pese a todo, seguiremos orgullosos
y soberbios en nuestra huera existencia;
seguiremos siendo crueles e insensibles,
ignorando la harmonía que la suerte
nos brindó en sus avatares sempiternos:
somos el contorno vivo necesario
de los azares de la combinatoria;
la única permutación elemental
que en su triunfo ha superado la entropía.
¡Contemplemos pues todos el gran diseño!
¡comprendamos su intrincada arquitectura!
al fin y al cabo nada hay más fascinante
que admirar el omnipresente misterio.