Los zapatitos me aprietan/
las medias me dan calor/
y el beso que me dio mi madre/
lo llevo en mi corazón.
Esa copla bonita y sencilla, como están en la obligación de ser las coplas; me recuerda a mi madre, ahora tan distante y tan cerca; y como existe una vieja costumbre de confesarse ante los extraños, les contaré lo que pasó con ella; esa tarde, en aquel barco, en medio de aquel terrible sueño.
Habíamos decidido huir de la miseria para no morirnos de hambre; ya mi padre se había adelantado gracias a que mamá vendió su máquina de coser, su casa vieja y sus sueños de seguir luchando en el país que nos vio nacer. Papá se fue para mandarnos a buscar, pero más nunca supimos de él y como mamá no nació para ver morir a su hijo, me dijo que quemara los barcos porque ya no teníamos sino la obligación de seguir vivos en otro país; y nos fuimos.
Caminamos desde Barrancones hasta san Fernardino; de allí nos dieron la cola hasta Bailarines y luego volvimos a meterle los pies a la carretera hasta Puerto Barbacoa; y con los últimos recursos pagamos un barco; bueno, un barco lo que se dice barco, no era, pero nadaba bien y mamá no quiso que miráramos para atrás; recuerda, me dijo, que ya quemamos nuestros barcos.
No sé a qué hora me dormí en sus piernas ni si lo que soñé fue la culpa de lo que sucedió porque en el sueño el mar se incendió; las llamas arropaban las olas, las gaviotas caían en picada, los peces se guindaban del viento para evitar arder y los barcos, los barcos se volvían montoncitos de incendios en medio del mar.
En el sueño el fuego mezclado con el agua derretía la madera hasta volver a los tripulantes una melcocha de carne inservible. «Mamá, no saltes, agárrate del viento, camina por entre los peces que sostienen la corriente de aire, procura llegar a la orilla, ¡no te quemes mamá! Corre a casa de la abuela, no importa que hayamos quemados nuestros barcos, huye.»
Pero mamá no me hacía caso; me despertó del sueño, ensartó mi camisa en las aletas de un enorme pez volador y antes de soltarme me besó, me besó con los ojos, con las manos, me besó con la boca y con el corazón. «Mamá, no quiero irme sin ti». En el próximo pez me iré yo, me dijo, pero el barco se fue derritiendo y el mástil donde ella estaba se iba haciendo cada vez más pequeño, yo decía que era porque se estaba hundiendo y ella alegaba que era porque yo me estaba alejando.
«¡Mamá, mamá!»
«Me llevas en el beso, hijo, no dejes que se pierda»
Luego la noche se tragó la tarde, el incendio a los barcos y no supe cuándo me rescataron. Dijeron que el mar se había achicharrado, que estoy vivo de milagro, que cuando me rescataron me brillaban las manos, los ojos y la boca; que cuando me quitaron la ropa el corazón me brillaba; dijeron que ese brillo me había salvado. El doctor que me atendió me sigue preguntando con qué me embardunaron para protegerme del fuego; pero no me cree cuando le digo que lo que me salvó fue el beso de mi madre.
Los zapatos ya no me aprietan; como no uso media no tengo calor en mis pies, pero el beso que me dio mi madre lo llevaré por siempre en mi corazón.
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Imágenes utilizadas se encuentran en Pixabay barco y mujer. Fueron editadas en Canva, al igual que las otras imágenes que se encuentran allí mismo, en Canva.
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