Cuando hay calor o cuando de calor se trata se habla al mismo tiempo de un estado. No hace referencia únicamente a una situación climática o similar. Calor puede que recuerde, su estado, incluso, a sopor.
Una forma de describir al calor bien podría ser un bucle temporal, una burbuja repetitiva en una clase de idiomas, justo la lección que menos nos gusta. Se repite una y otra vez y estamos en el mismo lugar, como una especie de “Día de la marmota” de la temperatura.
Ese “baño de sauna” no termina, se manifiesta, repetitivo, salta a nuestros ojos su “cambio”; de modo que es imposible salir del estado o al menos antecederlo, adivinarlo, proyectarlo, pronosticarlo.
Tan aburridos como limitar el calor a una temperatura determinada.
El calor también es una circunstancia.
Podría tratarse el calor de un acto, un gesto o una imagen; alguna vez, en un poema, hablé de “arrastrar los zapatos un domingo en la calle mientras nadie nos ve", sin embargo, eso no se juntaría al calor, sería más bien su antónimo. En todo caso “calor” sería un día de tráfico absoluto, demasía multitudinaria habitando la urbanidad en en esa “danza de los clones”.
Y vemos cómo vuelve la esencia del bucle. Solo los clones ilustran al bucle como unidad genética, informática del loop. Sí, porque puede el cuerpo serlo.
Claro, la vida misma, la espiral, la autopoiesis, los ciclos podrían parecerse a... sin embargo, hay una especie de representación de trampa temporal, de miedo a la repetición incesante de los acontecimientos.
Ojalá y no se me malinterpretara doblemente, en el sentido nietzscheano, es decir, tanto entender al bucle como metáfora, del eterno retorno de lo idéntico y además, en aquello de que toda filosofía es una mala interpretación. No.
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Muchas gracias por vuestra lectura. Nos leemos mañana.