“Todo aquel, cuyas buenas acciones superan a su sabiduría; su sabiduría perdurará; si aprendes algo, pero no actúas en base a ello, pierdes ese conocimiento”
¡Saludos apreciadas y apreciados lectores!
Cuenta un relato pueblerino, que un hombre ya mayor, aún vivía con el último de sus hijos, que tenía 17 años. Cierta mañana el único caballo que tenía para transportarse y ayudarse con algunas tareas; al ver pasar una manada de caballos salvajes, saltó la cerca y se fue detrás de ellos.
Los vecinos del lugar le dijeron: ¡qué desgracia señor, González! Él con toda tranquilidad les contestó: -quizás sea una desgracia, o a lo mejor una bendición disfrazada- pasados unos días el buen caballo regresó a casa, acompañado de otro hermoso ejemplar blanco. Sus amigos le saludaban y argumentaban: ¡que bendición, llegó a su hacienda, enhorabuena! Él les repetía: -tal vez sea una bendición, él tiempo lo dirá-
Al hijo, le entró el afán de montar al nuevo ejemplar; pero este salvaje, una y otra vez lo arrojaba al suelo; en una de esas caídas una pierna se le fracturó. Corrieron a llevarlo al hospital; y los amigos y vecinos argumentaban: ¡qué desgracia, señor González, de milagro no lo mato! El buen hombre les repetía: - tal vez, traiga envuelta una bendición o una prevención futura-
Por esos días, pasó el ejército de aquel país reclutando para la guerra a todos los jóvenes y a los adultos reservistas; al ver al joven y leer su historial médico; resultó no apto para las filas defensoras. Una vez que la comitiva oficial abandonó la hacienda, los vecinos corrieron a decirle a González: ¡esto si el colmó de su buena suerte! -Sólo Dios Creador sabe por qué todo esto nos ocurrió; sonriendo, el buen hombre les respondió-
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