Te sientas y empiezas a observar a la nada, tomas un sorbo de café mientras comentas algún tema banal con tu amigo, finges estar en calma y por un momento lo crees, hasta que la oyes, allí viene con un estrepito que sólo tú puedes oír, porque viene por ti.
Le devuelves la sonrisa al ser que se encuentra junto a ti, al que hace un momento llamaste amigo, ya no estas tan segura ¿cómo podría serlo? ¿creíste que te salvaría de lo que estar por venir? nadie podría salvarte nunca y lo sabes.
La cercanía de la gran acumulación de nieve que viene a una velocidad preocupante hace que te den escalofríos, no puedes seguir pretendiendo estar en paz por mucho más tiempo; te excusas diciendo que estás ocupada. Él se levanta y emprende su camino de regreso a casa, prometiendo que volverá mañana por la tarde por su habitual taza de café y la charla, pero no quieres que vea tu cuerpo aplastado, congelado y azul, así que tienes que romper el lazo que los une, como lo hiciste con cada persona que estuvo alguna vez a tu alrededor, las palabras que salen de tu boca son frías y cortantes, ¡lo has logrado!, ya nadie podrá ver tu cuerpo en descomposición, un poco de dignidad ante la muerte inminente que te espera es lo único que te queda. Empiezas a alistarte como una enamorada que espera a su amado, tu corazón se acelera, todo tu mundo se sacude, las cosas que tanto te esforzaste en poner en orden se caen de sus estantes, pero no pueden oír el ruido que hacen… y por fin sucede, ese frio tan conocido cubre todo tu cuerpo, sabes que estás viva porque sientes un dolor indescriptible, apenas puedes respirar y no eres capaz de ver nada, tu pulso se hace cada vez más lento, tu mente recrea todo lo que alguna vez te hizo llorar, ahora ya no sientes nada, estas en calma.