Tiembla la tierra bajo sus pasos. Roncan los árboles, soltando a regañadientes pétalos y cascarones. Parsimonioso, el augur cuenta las cuentas y los cuentos, perdido en sus cavilaciones. Si lo escuchan o no, lo tiene sin cuidado. Un discurso es siempre un discurso, dentro o fuera de la mente. Claro que sería mejor, más consistente, un caracoleo funesto o perverso. Mejor y más ajeno. Porque las siestas que fomentaba aquel ujier, tan pedante, nunca resultaron digeribles. Venían de a cinco, apiñados. Y no daban abasto. Saliendo directo del caserío, apuntando al cerro aquél, los infantes del mecenas chocaron de frente contra el destino, infamando alegremente al corredor de apuestas. Al fondo, a la derecha, dieron con una letrina sin moscas, por fin. Y desagotaron su fuerza, aliviados. Fogones, faroles, funerales: ¿qué más da? Si es triste, inscríbelo. Si es tuerto, destiérralo. Si es melón, mastícalo si puedes, o al menos hazlo reventar en el suelo.