El Viaje (Capítulos 2 y 3)

gargon(72)
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2

Félix, acababa de aterrizar en el aeropuerto de Santiago, había sido un vuelo de diez horas y se las había pasado casi sin dormir, solo consiguió dar unas cabezadas cuando escuchó que su mujer se había dormido y adivinaba su respiración a través de los auriculares.

A la salida del aeropuerto se acercó a un taxista.
—Perdone, ¿sabe dónde puedo alquilar un coche?
— ¿A dónde va? —le preguntó el joven taxista con mirada ansiosa—
—Voy bastante lejos, como a unos seis cientos kilómetros.
—Pues seis cientos kilómetros, déjame pensar…Te llevo por doscientos mil pesos
—No, lo siento, necesito un coche para moverme por allí.

El taxista con gesto contrariado alzó el brazo señalando una esquina y Félix, tras darle las gracias sin obtener respuesta alguna se dirigió a un stand donde una chica morena le saludó con una bonita sonrisa.

—Buenos días señor, en qué puedo ayudarle.
—Hola, ¿qué tal? Necesito un coche por una semana, si puede ser un todo terreno.
—Sin problema, déjeme mirar a ver que tenemos disponible —la mujer bajó la mirada y después teclear durante un rato volvió a mirarle con un gesto aun más sonriente que el de bienvenida.
—Pues mire, tenemos un Jeep y el coste del alquiler por una semana asciende a quinientos noventa y dos mil pesos. ¿Tiene el pasaporte y una tarjeta de crédito a su nombre?

Después de pasarle los documentos y rellenar el formulario pertinente, Félix se dirigió al parking donde un viejo Jeep le esperaba aparcado, mirándole casi condescendientemente con sus faros redondos.

Extrañamente, se sintió tranquilo al contemplar el coche desde lejos y mientras abría el maletero para dejar su equipaje no pudo evitar acordarse de los viajes al campo con su familia dónde, antes de salir, siempre se pasaba un rato pensando la manera mas eficiente de colocar todas las bolsas en el maletero de su viejo Renault.

Siempre que tenían oportunidad, algún puente largo la mayoría de las veces, Félix y su mujer sorprendían a sus hijos con viajes inesperados, era como una tradición. La misma mañana antes de salir despertaban a sus hijos muy temprano susurrándoles al oído: hoy conoceremos mundo hijo, hoy conoceremos mundo.
Diego, ya adolescente no solía decir nada mientras se despertaba, suponiéndose otro día aburrido de insectos y picaduras. Fede y Pablo, los gemelos, siempre se despertaban con una sonrisa al escuchar a su padre con su famosa frase, preguntando repetitivamente por el destino.

Parte de la tradición consistía también en no desvelar a dónde iban, consiguiendo de esta manera la máxima expectación que un niño con afán de aventura pudiera tener. Como resultado, en los primeros compases del viaje, Fede y Pablo miraban sin parar por la ventana del coche intentando adivinar el punto cardinal de su inesperado viaje.

—Mira Pablo, el sol sale por el este, ¿no? Al sur, tenemos el mar, el sol está apunto de salir por ahí, las montañas están al norte y los acantilados al oeste. Estoy seguro que hoy vamos al norte
—La última vez fuimos al norte, no creo que hoy vayamos al norte otra vez, además no creo que quieran acampar otra vez en las montañas, ¿no te acuerdas de la última vez el frío que pasamos o qué? Seguro que esta vez vamos a los acantilados, aún hay muchos sitios allí que no conocemos.
—Pues yo quiero ir al norte, en las montañas es donde mejor se ven las estrellas, ¿Te acuerdas hace un mes cuando fuimos a Aguas Claras? No puedo quitarme de la cabeza la imagen de la Vía Láctea, toda iluminada, todos esos cúmulos.

Diego, acurrucado en su asiento contra la ventana con los auriculares a media voz no dejaba de preguntarse como era posible que sus hermanos de once años se escucharan como adultos de treinta cuando hablaban.

—Diego, ¿tú que crees? ¿A dónde vamos hoy? ¿Diego? ¿Estás dormido? ¿Pero como puedes dormirte?
—No, no estoy dormido, no puedo dormir porque no paro de escuchar vuestras conversaciones que si la Via Láctea, que si los puntos cardinales que si los acantilados.

Felix y Clara se miraban sonrientes mientras Clara posaba su mano sobre la de Félix que descansaba en la palanca de cambios.

—Papá, vamos al norte verdad —preguntaba Fede mientras colocaba su mandíbula en el asiento delantero y se afanaba por mantener el equilibrio en tan extraña postura.
—Ya sabes hijo que eso no te lo podemos decir aun, pero vamos, que en media hora ya sabrás qué dirección vamos a tomar, ten paciencia.

Después de quedarse absorto en ese recuerdo, Felix cerró la puerta del maletero de su nuevo acompañante motorizado y arrancó. Después de unos segundos y el consiguiente leve humo negro que pudo ver por el espejo retrovisor, el motor del viejo Jeep sonó como rejuvenecido, como si llevara tiempo esperando para desperezarse.

3

Karina nunca se conformó con la vida que su madre tenía planeada para ella. Una mansión en el barrio más céntrico de Kiev, un esposo apuesto y adinerado, viajes constantes a los lugares mas codiciados y elitistas del planeta no era algo que le motivara para una vida futura.

Huérfana de padre a muy temprana edad, Karina siempre tuvo la sensación desde pequeña de ser un bicho raro. En el patio del colegio a la hora del recreo siempre curioseaba con su entorno, nunca jugaba con el resto de los niños, le aburrían. Siempre llevaba consigo un pequeño cuaderno en el bolsillo y un bolígrafo que usaba para apuntar todas las preguntas que se le venían a la cabeza.

—Maestra, usted me puede decir por qué hay partes en el jardín de la escuela donde casi no hay plantas?—siempre trataba a las personas mayores de usted—.
—Pues verás, puede ser por varios motivos, uno de ellos puede ser porque en esa zona del jardín no llega la luz del sol y el sol es algo que necesitan las plantas para vivir.
—Ah entiendo, sí, el sol es muy importante, antes de ayer leí en un libro de la biblioteca que sin el sol no habría vida en la tierra y que todos estábamos de alguna manera conectados a través de él.
—Sí Karina, el sol es como el combustible del coche de tu papá.
A Karina no le gustaba cuando las personas mayores le hablaban como a una simple niña de seis años.
—Sí bueno, solo que el combustible del coche de mi padre se llama gasolina y la gasolina es una mezcla de hidrocarburos que se obtiene del petróleo por un proceso de destilación fraccionada que como usted bien sabrá es un combustible fósil.
—Sí Karina, tienes toda la razón –la maestra repetía en su cabeza destilación fraccionada, destilación fraccionada mientras cerraba un poco el ojo izquierdo y levantaba la mirada girando el cuello hacia la izquierda.

Al salir de clase, su padre siempre la esperaba sentado en el mismo banco, ojeando el periódico. Cuando empezaban a salir los niños, asomaba la cabeza por encima de las hojas cada poco y en el momento que veía a Karina a lo lejos se incorporaba y le sonreía en la lejanía.

—¿Qué tal hija? ¿Qué hiciste hoy en el colegio?
—Pues no mucho papá, la verdad es que me he aburrido bastante, además le he tenido que explicar a la maestra lo que es el petróleo porque creo que no lo tenía claro.

Su padre había sido profesor de filosofía en la universidad de la ciudad y siempre le inculcó a su hija la importancia y valores de la vida académica. Siempre le motivó a superarse a sí misma, a seguir estudiando, a ser la primera de la clase, a conseguir todo lo que se propusiera.

Karina siempre se interesó por los números y aunque podía pasarse horas encerrada en su estudio tratando de elaborar una nueva ecuación que explicara, por ejemplo los patrones migratorios de las ballenas por el pacífico, también disfrutaba del trabajo de campo. Colaboraba intensamente con el departamento de Geología aplicada en la facultad vecina y había contribuido en varios proyectos; el más reciente acerca de la propagación de las ondas sísmicas después de un terremoto.

Este fue el origen de una ponencia que presentó en su universidad y que le hizo aparecer en varios periódicos a nivel internacional.

Había sido capaz de predecir, gracias a sus conocimientos matemáticos, la velocidad a la que las ondas sísmicas se propagan desde el hipocentro por prácticamente todos los diferentes tipos de corteza del planeta. El resultado de su trabajo derivó en la creación de un mapa mundial dónde, al igual que el típico mapa de temperatura donde el color azul representa el frio y el rojo el calor, había codificado prácticamente cada país con distintas tonalidades de color, según la velocidad a la que se propagarían las ondas en caso de un terremoto.

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