En este país llamado Venezuela, amanecemos o despertamos con oraciones y maldiciones. Han pasado las elecciones presidenciales y, solo puedes esperar lo peor. Es tanto el horror lovecraftiano; aquí no queda tiempo para llorar ni vestirse de dolor riguroso. Las paradas de transporte público son féericas, por no decir, hórridas. Pensar en alimentos es la reverberación del mal del hambre a cuestas. Salimos a comernos en una antropofagia de pobres contra pobres. Vas por allí, cantando la desolación, la desesperación y el horror cotidiano de no comer nada; acostarse con un vaso de agua y esperar que amanezca y como Dostoieski, disfrutar como un personaje de Memorias del subterráneo, en ese lúgubre dolor de toda el alma y el cuerpo. Te topas con amigos enjutos, con el sufrimiento ahíto. No sé cómo preguntarme lo que nos sucedió.
Ahora, tiene que existir siquiera una solución. Quizá las hay por toneladas y pareciera que la inopia y la dejadez abandonando ideales y compromisos obvios con el país. No debiera escribir sobre esto en STEEMIT, pero el cotidiano horror me va llevando, me arrastra como a todos por un despeñadero. No valió de nada mis estudios, mi constancia en busca de una jubilación justa y merecida. Esperaba un tiempo en que pudiera dedicarme a vivir para contar y recrear mis cuentos; pero, el hambre nos sujeta, nos atrapa, y qué puedes imaginar con solo aire en tu estómago. Amigos, seguidores, no exijo nada a ustedes, sepan ustedes que la realidad supera la imaginación con creces. Vivimos en un hilo, el precipicio nos acompaña y quizá vamos a mitad del abismo, en una caída imperfecta. No hacemos plunge on, el barranco nos llama.