El anciano está sentado a la orilla, sobre el pedregoso terreno. Observa con rostro cansado el lago que rodea su isla.
Sí. Él es dueño de una isla.
Se llama Julián Santa Ana. Vive en Xochimilco, una delegación de la Ciudad de México. Es famosa por contener un enorme lago, navegado permanentemente por hermosas y grandes canoas que sirven de restaurantes turísticos e inusitadas tiendas de flores. Un sitio de increíble belleza. Sobresalen del agua una gran cantidad de pequeñas islas fértiles llamadas Chinampas, usualmente deshabitadas.
Él posee una de ellas. Ha vivido ahí desde hace cincuenta años. Desde que se mudó buscando sanar su corazón, roto por un amor que le abandonó por otro hombre. Se dedicó a existir en soledad, sembrando cereales y flores que vendía en un pueblo cercano, acompañado solamente de sus recuerdos y el silencio de su pequeño mundo rodeado de agua.
Ahora, décadas después, ya no está solo en su isla. Le acompañan las voces que no se van. Las sombras que le siguen justo desde el límite de su campo de visión, y sus muñecas.
Muñecas.
Cientos de ellas. Muñecas decapitadas, desmembradas y colgadas en cada árbol, creando una suerte de bosque maldito. Muchas de ellas sucias y añejas. Quebradas, tuertas. Su mirada fija al frente o abajo, en un silencioso acto de vigilancia aberrante, o quizá testimonio ante un pecado inenarrable.
Julián recuerda cómo es que colocó la primera muñeca, flotando en el agua. Lo hizo justo después de haber encontrado el cuerpo de una jovencita en una orilla de su solitaria isla. Ahogada. Una chica pálida. Muy joven, muy delgada y muy hermosa.
Muy hermosa. Como una sirena.
El hombre empezó a escuchar las voces luego de ello. Lamentos en el viento, acusaciones vagas desde el vacío. Susurros desesperados por contarle secretos que nadie se supone debiera saber.
Luego vinieron las sombras.
En las esquinas de su humilde vivienda de madera. Escurriéndose desde el techo y el piso. Amorfas o vagamente humanas. Queriendo asirse de su carne, o su espíritu, quizás. Tal vez hambrientas de lo que una vez tuvieron y de lo que ahora carecían.
El anciano, desesperado, colocó la primera muñeca un día. Luego otra, y otra más. Rodeaban la isla desde los árboles cercanos al agua, y después en aquéllos cercanos a su vivienda. Las sombras parecían rehuir de ellas, molestas. Los susurros las encontraban temibles.
Agostina es su muñeca favorita. La más poderosa de ellas. Puede hacer milagros si se le piden de buena manera, aunque también puede hacerte daño si la haces enojar.
Años de sombras y voces. De ojos plásticos y sonrisas congeladas. De terribles guardianas y jueces. Sucias carceleras de su pequeña prisión de recuerdos. Quizá poseedoras ellas mismas de un espíritu agobiante.
Tantos, tantos años.
Hace poco, Julián ha visto algo más.
Una sirena.
Se parece a aquélla muchacha que vino a dejar el alma en su isla. Le sonríe. Julián está seguro que quiere llevárselo con él, aunque no sabe por qué. Las voces jamás se han ido, ni las sombras. No del todo.
Ahora, en esa misma orilla, luego de cincuenta años de vivir de esa forma y bajo la mirada atenta de sus muñecas, se siente listo finalmente.
Listo para seguir las sombras. Para poner atención a las voces. Listo para acompañar a la sirena pálida.
Ahí está ella. Le sonríe.
Esta vez, él le devuelve la sonrisa.
Julián Santa Ana falleció de una insuficiencia cardíaca en 2001. Su sobrino ha heredado la isla y la mantiene intacta. Ahora es visitada por miles de turistas cada año.
Las muñecas siguen ahí, tal como Julián las dejó.
Agostina aún recibe ofrendas y hace milagros.
Crédito: Cindy Vasko / #realstory