Irrefutablemente Venezuela es el país donde la locura se muestra más superficialemente en el mundo...
Esta semana que he pasado alejado de mi pateadero se me aclaró la verdad: mientras en algunas ciudades las autoridades caen a golpes y abusan de los derechos de un montón de gente; en otras la rutina y las contradicciones son la que los deja convalecientes.
Esta semana también cumplieron años mis dos primos y mi mamá. En el primer cumpleaños, el de mi primo menor, me di cuenta de la hipocresía de la tercera edad ante el morbo. Esos viejitos son el mayor ejemplo de que la moralidad es relativa no en cuanto a las personas ni creencias, sino en cuanto a las situaciones. Una señora, abuela de uno de los amiguitos de mi primo, estaba comentando su rechazo total a la violencia y exponiendo el estado de ansiedad, estrés y algo de desesperación con incertidumbre que sentía al ver algún video de las protestas mientras esperábamos la comida, pobre señora. Lo que me sorprendió de esta geronta fue que, luego de exponer sus incómodos e indeseables sentimientos, procedió a enseñarme con mucho entusiasmo las fotos de un militante del gobierno que había sido herido y muerto por el impacto de un explosivo contra su estómago, en plena avenida donde ocurría en enfrentamiento. No conforme con eso, yo le comenté que había otras fotos y videos donde se podía observar como se incendiaba al cadáver, y la abuela, bueno… Creo que no existe analogía alguna que sirva para comparar el entusiasmo frenético con el que me atacó para que le mostrara el material.
Algunas veces mostramos lo que los demás quieren ver, pero esos señores establecen muy filosóficamente: “nos tienen que sacar lo animal ajuro, porque ellos nojombre, no dejan a uno quedarse con su máscara de moralidad puesta”.