The first stop was Old Havana, with its colonial palaces with columns and cobblestone streets, a labyrinth of history that, from above, resembled a chessboard where time had stood still.
As the bus glided along, the landscape changed Century. The Malecón, that endless ribbon of asphalt embraced by the sea, guided us toward Vedado, the modern heart of the city. I watched the imposing Hotel Habana Libre and the massive Plaza de la Revolución pass by, feeling the weight of history in their colossal proportions.
But the soul of the trip lay in the contrast: the majesty of the buildings, the sea breeze, and, all around us, the constant, vibrant murmur of Havana life.
The tour took us further west, where the city opens up to neighborhoods like Miramar, with its mansions and embassies. It was then that we spotted the National Aquarium. From above, it looked like a jewel of shells and saltwater embedded in the coast, a blue dot in the green of the city. We also passed by the mouth of the Almendares River, a whisper of nature amidst the city, heralding our return to the center.
The end of the trip deposited us once again in the heart of Havana, right next to the imposing Capitol Building. With hunger sharpened by the air and our emotions, we entered Los Nardos Restaurant, a Spanish tavern that is a true institution. There, amidst the lanterns and the murmur of the diners, the bustle of the street transformed into a symphony of flavors.
I ordered a platter with Serrano ham, pork rinds, cheese, bread, and other snacks. I also ordered fried chickpeas, and when they were served, their aroma of meat and the sea mingled with the sounds of a live piano. To drink, I ordered a delicious piña colada made just the way I liked it.
It was the perfect ending: the bus trip had shown me the surface of Havana, but it was Los Nardos, with its menu of over sixty dishes and its tradition, that allowed me to taste its heart.
My husband and I are grateful to those who invited us on this wonderful tour and are so happy to have fulfilled one of our dreams: to travel all over Havana, admiring its towns and its people.
Credits: The photos were taken with my Samsung Galaxy phone.
The translator used was Google Translate.
ESPAÑOL
El viento, salado y libre, me despeinó en cuanto el autobús de dos plantas arrancó desde el Parque Central. Desde la terraza descubierta, La Habana se desplegaba no como una ciudad, sino como un escenario vivo, una sucesión de postales que cobraban vida bajo el sol del Caribe.
El primer acto fue Habana Vieja, con sus palacios coloniales de columnas y sus calles adoquinadas, un laberinto de historias que desde las alturas parecía un tablero de ajedrez donde el tiempo se había detenido para siempre.
Mientras el bus se deslizaba, el paisaje cambió de siglo. El Malecón, esa interminable cinta de asfalto abrazada por el mar, nos guió hacia el Vedado, el pulmón moderno de la ciudad. Vi pasar el imponente Hotel Habana Libre y la mole de la Plaza de la Revolución, sintiendo el peso de la historia en sus proporciones colosales.
Pero el alma del viaje estaba en el contraste: la majestuosidad de los edificios, la brisa marina y, a nuestro alrededor, el rumor constante y vibrante de la vida habanera.
El recorrido nos llevó más allá, hacia el oeste, donde la ciudad se abre a barrios como Miramar, con sus mansiones y embajadas. Fue entonces cuando divisamos el Acuario Nacional. Desde lo alto, parecía una joya de conchas y agua salada incrustada en la costa, un punto azul en el verde de la ciudad . Pasamos también junto a la desembocadura del río Almendares, un susurro de naturaleza en medio de la urbe, que anunciaba el regreso al centro.
El final del viaje nos depositó de nuevo en el corazón de La Habana, justo al lado del imponente Capitolio. Con el hambre afilada por el aire y las emociones, entramos en el Restaurante Los Nardos, un bodegón español que es toda una institución . Allí, entre faroles y el rumor de los comensales, el bullicio de la calle se transformó en una sinfonía de sabores.
Pedí una tabla con jamón serrano, chicharrones, queso, pan y otras cosas para picar. También pedí garbanzos fritos y al servirlos, su aroma a carne y mar se mezcló con los acordes de un piano en vivo. Para beber pedí una sabrosa piña colada hecha a la medida de mi gusto.
Fue el broche de oro: el viaje en el bus me había mostrado la piel de La Habana, pero fue Los Nardos, con su carta de más de sesenta platos y su tradición, el que me permitió saborear su corazón.
Mi esposo y yo agradecemos a quienes nos invitaron a este recorrido tan hermoso y estamos muy contentos por haber podido cumplir uno de nuestros sueños de andar por toda la Habana admirando a su pueblos y su gente.
Créditos: Las imágenes fueron hechas con mi celular Samsung Galaxy.
El traductor utilizado fue de Google.