Ella espera

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Arrastra los pies para dar cada uno de sus pasos, pero no se detiene. Llega a la puerta, se asoma, se aferra a la reja y se queda parada. Una calle solitaria, aunque realmente las cataratas nublan su paisaje, ve poco y lo que ve, lo ve mal. Ella siempre espera allí. Algunos pasan por la calle pueblerina, unos le saludan de lejos, otros no. En ninguno de los casos, ni por la voz, ni por el rostro, logra reconocerlos.

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Fotografía propia, tomada con un BLU Studio Selfie 2

_ Bendición madrina-, le dice una mujer que pasa con un niño en brazos y se acerca a darle la mano.
_ Dios me la bendiga y me la favorezca. ¿Quién es usted que no me acuerdo?
_ Yo soy Edita, la hija de Rufina.

¡Plín! La memoria se activa. Ella recuerda a su comadre y le cuenta a la ahijada dos anécdotas. Las mismas de siempre, de al menos 50 años atrás. Mientras tanto, el niño mira a la anciana y sonríe con cada uno de sus gestos. Ella seguramente no lo ve.
Retumba en mi mente una frase que alguna vez leí:

“Entre tu risa y la mía hay algo que va en común
Tú ríes porque eres niño y yo porque vivo aún”.

Así pasan sus días y ella siempre espera. Espera a alguien que le de un rayito de luz a su memoria, alguien que le recuerde lo que fue o lo que es.
En la sala de su casa, sentada en una silla, espera. Al menos cinco veces al día se levanta y se queda parada en la puerta, esperando.

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Ella espera | Ecency