Es impresionante llegar a la adultez sin recuerdos: no tener historia que narrar, ni pasado alguno en cual esconderse cuando queremos rumiar algo. Y es que, aterrizar en el cuarto de vida, con una sola pieza de un inmenso rompecabezas cuya imagen es desconocida, atormenta en noches frías.
Y así vamos rumbo a la treintena recogiendo algunas descubiertas por el camino. Luego, con un puñado de ellas en los bolsillos, creemos poseer algo… y lo llamamos identidad. Pero la irrisoria escena no es motivo de alegría, continuamos careciendo de opciones y con una ingente cantidad de ítems por reunir.
No obstante, de perseverar en dicha búsqueda, otro sendero se abre revestido de tierras desiertas y oscuras, poblado por fantasmas que esbozan traumas a su paso. Estos últimos no salen de noche, menos en filmografías o relatos contados al pie de una fogata; aparecen en recovecos de verdades desagradables. Por lo tanto, es inevitable preguntarse si no es inútil hurgar en esa llaga.
Sin embargo, la tentación nos gana y rasgamos la vestimenta del ídolo enterrado hacía años. Perforamos más y más en la hondonada, en busca de lo que otros considerarían un tesoro. Y si corremos con suerte, quizá lloremos un poco al ver nuestro reflejo en una de las joyas.
La imagen utilizada pertenece a Ryoji Iwata, fotógrafo de Unsplash.com.
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