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Los eventos transcurridos recientemente no podían cambiarse y no podía permitirme decaer; mi hija me motivaba a superar la situación. Sin embargo, la melancolía me embargaba cada que recordaba los últimos minutos de vida de mi esposa. Deseaba que las cosas fueran diferentes.
Pasaron unos años y mi hija contrajo matrimonio con un excelente joven quien realmente la amaba. Derrochaban amor muy a menudo; no podían ocultarlo y a mí me encantaba verlos felices. En ocasiones bromeaban entre ellos y me hacían recordar momentos agradables a lado de mi esposa; no obstante, sentimientos llenos de rabia me desgarraban dolorosamente, pues tras su muerte había cambiado mi vida por completo.
Más adelante nació mi primer nieto. Era un incansable torbellino de dos pies con un insaciable apetito de chocolates. Mi alegría era inmensa al verlo correr detrás del perro por toda la casa. ¡Ese pequeño travieso parecía imparable! Ocasionalmente corríamos juntos en el jardín hasta que el aliento nos faltaba. Me sentía tan afortunado de ser su abuelo; lo amaba tanto como a su madre. A sus seis años comenzó a preguntar por su abuela.
Le contamos lo ocurrido, le contamos historias de ella y él solo decía que deseaba haberla conocido. Lo llevábamos frecuentemente al cementerio y le decíamos lo mucho que su abuela lo habría querido. Él se emocionaba y su inocente carita dibujaba una enorme sonrisa de oreja a oreja.
En una de esas visitas a la tumba de ella, mi hija se lamentaba nuevamente no haber podido despedirse de su madre. Le dije que bien sabía cuánto la había amado y que también sabía que me había encargado no dejarla sola ni un solo día.
Nunca le dije el sufrimiento, miedo y arrepentimiento que reflejaba el rostro de su madre justo antes de fallecer. Nunca le dije la desesperación que tuvo al extender sus brazos hacia mí.
Nunca le dije que la tomé de las manos y, con lágrimas en los ojos, le dije que todo estaría bien, que yo siempre la amaría. Siempre sostuve la mentira que ella había muerto tranquilamente mientras dormía, pues no quería que su hija tuviera malos recuerdos de ella y yo estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por evitarle sufrimientos… ¡Cualquier cosa!
Nunca le dije que su madre, al verse al borde de la muerte, me confesó que ella no era mi hija y que quería que también ella lo supiera. Nunca le diré que los años de experiencia en mi labor como cirujano me facilitaron el conocimiento de cómo inducir el paro cardíaco que la fulminó.
Nunca le diré que le hice saber a su madre cuando adulteré su medicamento y que le dije que todo estaría bien, que no permitiría que nada ni nadie le hiciera daño a... mi hija.