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Las gallinas desplumadas y sin cabezas atravesaban el patio grande de mi casa. Cruzaban el corredor como fantasmas. Yo no sospechaba de mi perro: jamás podía imaginar que se comía las gallinas. Presumíamos que se las comía el zorro.
En el patio de la casa grande pasamos varias noches vigilando quién mataba las gallinas. Un sonido de grillos y soledad y viento corría por todo el largo corredor de la casa. Toda la peonada nos acompañaba para descubrir al peligroso animal depredador.
Cada cierto tiempo daba mi ronda particular y visitaba los corrales. Mi perro iba conmigo. Mientras tanto, los demás, se quedaban mirando la luna y las estrellas jugando en la oscuridad del cielo. Todos bebían café para permanecer en vigilia: cazando al zorro.
El perro y yo regresábamos al mismo lugar de la casa; yo en una hamaca, y el perro se acomodó echado sobre el piso del corredor. Tal vez, vigilaba. Y todas las noches se quedaba con nosotros como esperando un descuido nuestro. Y los días se transformaron en semanas. Y no descubrimos nada; ningún matador de nuestras gallinas.
Este perro tenía fama de ser un perro de raza brava. Terrible. Yo me debatí en dos nombres para bautizar a mi perro: Stalin o Hitler. Al principio, lo llamaba por el nombre Hitler. Pero en el transcurso del tiempo, terminé llamándolo: Stalin. Tal vez por el famoso cuento aquel, que cuentan los cuentistas, que había un señor llamado Stalin y era terrible. Dicen que desplumaba una gallina viva y la soltaba, y que luego, agarraba un puñado de maíz y lo mantenía en su mano extendida hasta que la gallina —toda asustada, tembleque, adolorida— se le acercaba y llegaba a comer maíz en esa mano del verdugo.
Pero este perro era un perro bravo de fama terrible: fiero cazador imbatible.
Y resultó que mi perro de raza brava y sanguinaria, aparentemente, no hacía nada por atrapar a los ejecutores mortales de mis gallinas que aparecían desplumadas y sin cabezas.
Por un momento, ya muy confundido, pensé que era un grandísimo holgazán. Es que todos nos reuníamos en el patio de la casa, y, allí estaba mi perro echado en el piso. Hasta que un día llegué a la siguiente conclusión —eso fue cuando pasaron los días, y todo era tan extraño: el perro pasó a ser mi principal sospechoso.
Mientras vigilamos no aparecieron gallinas muertas. Una mañana, cuando toda la peonada se marchó, apenas saliendo los primeros rayos de luz, yo me hice el dormido. Mi perro salió al patio para hacer sus necesidades. Yo, discretamente, lo miraba. Regresó y se echó en el piso sin matar ninguna gallina.
Yo lo observaba. Y él permanecía echado ahí en el piso, casi inmóvil, agazapado, como mirando todos nuestros pasos, mirando todos nuestros actos.
Y en ese momento caigo en cuenta del asunto: me puse a observar a mi perro que permanecía echado ahí en el piso, casi inmóvil, agazapado, como mirando nuestros pasos. Sin oportunidad para desplumar gallinas ni arrancarles las cabezas.
Así descubrí que mi perro sospechaba que yo lo estaba cazando; se hacía el inocente; muy audaz. Sabía disimular.
Stalin nos vigilaba esperando un descuido para desplumar las gallinas.