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Hace dos semanas que nuestra relación terminó, sigo consternado por aquella no repentina pérdida de amor, y digo no repentina porque hace ya algunas semanas atrás venía notando paulatinamente su falta de interés por mí.
Las peleas empezaron a ser más y más frecuentes, su sonrisa ya no resplandecía como los primeros días de noviazgo y sinceramente no he logrado aún dejar de pensar en ello. El declive emocional era inevitable, la costumbre y la rutina era lo único que prevalecía tras 4 años de relación, que día trás día se iban a la basura, hasta que finalmente el momento más temido llegó.
La última vez que discutimos fue aquel miércoles 8 de febrero; recuerdo ese día como si fuere reciente, las heridas en mi corazón aún están frescas como llagas abiertas. Yo ansiaba llegar a la dichosa fecha tan esperada por los enamorados, yo aún la amaba y aún la amo.
El 14 estaba cerca, mas no pude controlar la situación y aquella tarde gris y fría, dijo que ya no me amaba. Mis ojos cristalizados evidenciaban los sentimientos que mantenía guardados desde la primera vez, desde la primera sonrisa.
Mi voz entrecortada suplicaba por otra oportunidad, para que piense bien las cosas, pero la decisión ya la había tomado... Ese día mi mundo se empezó a derrumbar, y la impotencia de no hacer nada más que estar varado me empezaba a consumir.
Estos días han sido de horror desde aquel entonces, y no por la frustración de haberla perdido ¡NO! sino porque su recuerdo me está persiguiendo a cada momento, en la ducha, en la cocina, closet, en la cama y hasta en mis sueños pidiéndome que la ¡deje en paz!
Pero si ella es la que se me aparece en cada esquina, ella es quien me busca, ¡no yo!
Llegó el 14 de febrero, siendo las 5.47 am ella ha logrado romper mi ventana, después de no haberme dejado dormir toda la noche. ¡Ya no puedo más con esta situación!
La cólera me está llevando a hacer lo que nunca quise hacer, pero está bien. ¡Me rindo! Ella ganó, siempre gana. Le daré lo que me ha estado pidiendo a gritos sin descanso.
Valentina es su nombre, bueno, era su nombre, ¡yo la asesiné! He conservado su cuerpo en el sótano y desde ese día no ha hecho más que aparecerse en cada rincón pidiendo el descanso eterno y por mi bienestar es necesario ceder a su petición.
Luego de enterrar su cadáver, frío, deformado, maloliente y putrefacto hoy por fin he podido dormir tranquilo, sus figura ya no aparece en mi puerta, sus ojos ya no brillan detrás de las cortinas, sus respiraciones ya no llegan a mi cuello.
Hoy 15 de febrero entendí que dejarla en Paz fue la decisión que debí haber tomado mucho antes...