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El barbero

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El mal humor de la mañana no lo había abandonado. Como era costumbre, lo tenía instalado en su rostro desde que abrió los ojos y teniendo en cuenta que era lunes, sería imposible deshacerse de el por lo menos hasta el mediodía.

Después de una ducha rápida y de elegir refunfuñando una corbata que combinara, se dirigió a la barbería justo debajo del edificio.

Allí iba a desgano, sin embargo los lunes era el único barbero que mantenía su negocio abierto y no tenía otra opción.

Entró con la cabeza gacha y saludó casi sin mover los labios.

Era el único cliente a esa hora, así que eligió el sillón donde quería ser atendido.

El barbero, que aseaba el piso del local lo miró por el espejo y por arriba de los anteojos, al reconocerlo contestó amablemente el saludo.

-Buenos días, ¿lo afeito como todos los lunes?

-Como todos los lunes no, hoy espero que lo haga mejor.-Dijo, descortés

Se miraron por el espejo en silencio. A él, le pareció ver en el barbero cierta mueca de fastidio.

Volvió a mirarlo y se detuvo a observar como afilaba la navaja.

Era un hombre fuerte, de manos grandes, la navaja iba y venía sobre el asentador, los ojos del barbero volvieron a encontrarse con los suyos y un escalofrió corrió por su espalda.

La navaja podría ser un arma mortal. Pensó con inquietud

El barbero se acercó por detrás, colocó una toalla alrededor de su cuello, luego le pidió que se recostara y dejara caer su cabeza hacia atrás, cubrió su rostro con otra toalla húmeda y caliente.

Sin la posibilidad de ver, sólo escuchaba el sonido de la navaja sobre el asentador de filo y recordaba la mirada del barbero que a estas alturas de los acontecimientos le parecían de odio.

Estaba indefenso a merced de los instintos de una persona desconocida y que parecía odiarlo.

Solo bastaba que apoye la navaja, ejerciera un veloz y certero movimiento, cortara la yugular y moriría en segundos.

Podía sentir el metálico filo cortando su cuello, la tibieza de la sangre emanando de sus venas y regando de rojo púrpura el piso.

Trató de calmarse, de pensar que sólo lo estaba imaginando.

Recordó luego, todas las veces que lo trató despectivamente, lo había humillado cada lunes y tendría seguramente razones para odiarlo y matarlo… ¿Por qué no?

Sintió los pasos del barbero tras su espalda y cuando retiró los fomentos de su rostro,… buscó desesperadamente sus ojos.

Estos, estaban clavados en su cuello y el frío filo de la navaja destelló un reflejo segándolo.

-¡Perdón! Nunca quise ofenderlo, usted sabrá disculpar mi mal humor, en realidad estoy muy conforme con sus servicios y lo voy a recomendar a mis conocidos.

El barbero sonrió… apoyó la navaja en su cuello y le cortó la yugular.