Cada vez que piso la tierra, sintiéndola, cada vez que descubro asomar un frágil tallito con su semilla a cuestas o me regalo un ocio para integrarme al trabajo de la hormiga, o a la succión del néctar de una flor, fantaseo un viaje hacia ese mundo, que es parte del nuestro y no vemos...
Un día enterré mis dedos y tomé un puñado de suelo fresco y perfumado, abrí la mano al sol e invitó a asomarme a ese poro abierto a su luz.
Y entré, entre bocanadas de oxígeno y nubes de vapor, me dejé llevar por un torrente de movimiento capilar.
Aplaudieron mi osadía incontables seres esperanzados por no extinguir...¡tanta vida!, incontables microformas vivas enlazadas por el valor fundamental de ese "estoy porque me necesitas y ese estás porque te necesito"...
Vagué, incrédula mi vista, por tantas formas diversas y desconocidas, organismos reducidos a una célula inquieta por cumplir su rol, a corto plazo de mi tiempo...sencillamente a su tiempo...febril premura por dejar todo hecho...
Están en este mundo para que estemos también, únicos seres capaces de reciclar la muerte a vida, volver animado lo inanimado, digerible lo indigerible. Sin ellos, las plantas no serían plantas, sin plantas tampoco el oxígeno para respirar ni el alimento para subsistir.
¿No seríamos?...No seríamos. Ni milagros... Ni sueños... Ni sentidos... Ni anhelos... Nada, a lo sumo... seríamos nada.
Con esta certeza volví a cerrar la mano a modo de caricia, escucharon mis ¡Gracias!...y se escurrieron entre mis dedos volviendo a su mundo, también nuestro mundo...