Hablar sobre mi oficio, sobre la tarea que sustenta mi vida, no me es sencillo. Desde joven, mi vida estuvo marcada por el mismo espíritu del "resolver venezolano". He sido policía turística, guía, conductora, agente de viajes, criadores de pollos, ejecutiva de ventas en Venezuela y Argentina, fotógrafa en ocasiones, y Licenciada en Turismo, desempeñando cargos en capacitación y gerencia hotelera para el sector público.
Sin embargo, un día, todo eso se transformó. Me agotó un estilo de vida de empleo tras empleo, empujada por el deber ser. Ese escalafón de mandatos impuestos desde que nacemos al mejor estilo Susanita, la amiga casamentera de Mafalda. Al ritmo de los “tienes que...” ya había estudiado, graduado, postgraduado, casado, parido, divorciado y probado encajar en posiciones laborales en pro de esperar una digna jubilación…¡JA! Eso se evaporó de mi futuro junto con las conversiones monetarias y otras políticas que todos conocemos y no quiero detallar.
En septiembre de 2018, mi vida se reseteó por completo. Perdí a mi madre, mi espejo del futuro, dos días antes de que mi hijo, el espejo del pasado, emigrara. El dolor fue profundo, el vacío contundente, aunque ambos eventos fueran "naturales" quedé en shock. Junto a ellos, perdí el único ingreso en dólares que nos permitía un respiro. Mi salario no me alcanzaba para la dieta de sardinas y auyama impuesta en el momento. Pero ese no fue un año cualquiera: fue un año de tragedia, de transformación y, sobre todo, de interiorización.
Decidí comenzar de nuevo con más claridad y determinación. No solo por dinero, sino para liberarme de los mandatos que enfocan en la profesión y no en el propósito ni en quién deseas ser. Elegí un propósito para lograr lo que no había podido: mejorar mi calidad de vida y vivir como siempre soñé; tener control sobre mi tiempo; contar con dinero suficiente para viajar; diferenciarme; sentirme útil; aprovechar la tecnología para no quedar obsoleta; asumir que todo lo bueno y malo en mi vida es resultado de mis decisiones, de mis éxitos y mis errores.
Fue esa chispa la que se encendió en mi corazón durante siete años. Y aquí estoy hoy, desde la cima de mi sueño, mirando con serenidad hacia atrás, a aquellos que me miraban con escepticismo. No soy famosa, ni infuencer, ni millonaria, ni tengo vida de derroche, porque sencillamente, eso no es lo que quiero. Quiero Vivir Bonito.
Hoy soy redactora de contenidos para internet. Mi trabajo consiste en posicionar textos en los motores de búsqueda, una tarea estructurada y precisa que, a menudo, se aleja de lo literario. Por eso algunos, como mis tías universitarias, cuestionan esta elección.
Escribo a diario sobre una variedad de temas: vinos, café, cuidados capilares, bienes raíces, marketing digital, productos de Amazon, esoterismo, tarot, viajes… y, por supuesto, sobre mi propio emprendimiento. Aproveché las habilidades que siempre fueron vistas como "menos importantes", esas que no me sirvieron para entrar en la carrera de Comunicación Social en la UCV, ¡qué ironía!
Por ejemplo, ¿cómo imaginar que esa agilidad infantil para encontrar palabras en una sopa de letras me ayudaría hoy a detectar errores y mejorar la legibilidad en un texto? Asimismo, ¿cómo iba a saber que, a mis 15 años, el diseñar cartelitos para que mi papá tomara diapositivas con su cámara, hoy me sirva para crear multimedia? Muchísimo menos que mi experiencia de adolescente cortando y empatando las cintas de los casetes me haya permitido ser autodidacta en la edición de audios y video digitales.
Mi blog, eleidapernia.com, es mi portafolio. Al buscar mi nombre en cualquier navegador, verás mi web junto a los hashtags YoRedactoSEO, Vivo.Bonito e ImagenPosible. Hago videos, grabo audios, escribo, reviso con lectura correctiva, buscando esa enmienda necesaria y exhaustiva… Aunque a mí se me escapen errores por mi pseudo dislexia.
Pensarás cómo paso el día frente a la pantalla. Pues, no. Trabajo después de levantarme con el trino de los pájaros en mi ventana, una vez finalizado mi recorrido matutino entre mis matas con el café en mano. No antes de saludar a mis amores, ni mucho menos después de comer porque debo reposar la digestión. Nadie me apura, solo yo. Puedo postponer para más tardecita, luego de unas pinceladas en un lienzo, de cruzar unos puntos de macramé o para cuando termine el racionamiento eléctrico.
Todos mis días son feriados, hasta que alguien me exija un poco de cordura para cumplir con lo que toque. Mi laptop y pantallas me esperan siempre luminosas y coloridas, frente a un mural hecho a tiza con mantras de amor, de prosperidad, salud y abundancia.
En el 2023, ya había logrado reunir el dinero suficiente y viajé a Buenos Aires, solo para abrazar a mi hijo una vez más. Fue un sueño hecho realidad: el dinero, el tiempo y el momento se alinearon, gracias a mi propósito. De haberme quedado esperando quincenas, jamás lo habría logrado por mi cuenta. Fue un viaje lleno de emociones, y cuando regresé, mi propósito estaba más claro que nunca.
Hoy, mirando atrás, me doy cuenta de que no solo cambié de oficio, sino que cambié el modo de percibir y vivir. Me di el permiso para elegir lo que me hace feliz, de buscar un propósito más allá de los roles. Al final del día, lo que importa es la paz de saber que soy fiel a mi esencia.
Vive bonito, vive con el alma en cada paso. Recuerda que nuestro oficio es el eco que deja en nuestra vida.