El Duende del artista (Vida personalísima)/The Artist's *Duende* (A Highly Personal Life)
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No es lo mismo el artista duende que el duende del artista. Y es que ostentar el título de "artista" es un privilegio excepcional, una categoría reservada para quien demuestra maestría, reconocimiento y trascendencia en su disciplina a lo largo del tiempo.
Desde niño, crecí envuelto en el ambiente de lo que considero la música folk de mi país. Tuve familiares cantantes, pero el más talentoso de todos fue mi padre. Él ejecutaba el arpa llanera venezolana con tal perfección que no cabía la menor duda: él era lo más cercano a un artista en su máxima expresión. Lo distingo en mi memoria no solo por su técnica, sino por ser un hombre humilde, sincero y de corazón noble. En su haber no solo fue un brillante acompañante, sino también el amigo de grandes figuras de aquella época, quienes lo consideraban y trataban con profundo respeto.
Heredé el anhelo de empuñar el mismo instrumento que mi progenitor algo que no logré. Con el tiempo y esfuerzo, logré cantar, dominar la percusión con las maracas llaneras y rasguear a medias el cuatro. Sin embargo, mi camino se inclinó hacia la docencia musical. Por razones que ni yo mismo logro descifrar, no pude desarrollar ese acercamiento al duende de ser reconocido como aquellos intérpretes "triple A"; siendo realista, a duras penas llegué a clase D.
Desde niño, crecí envuelto en el ambiente de lo que considero la música folk de mi país. Tuve familiares cantantes, pero el más talentoso de todos fue mi padre. Él ejecutaba el arpa llanera venezolana con tal perfección que no cabía la menor duda: él era lo más cercano a un artista en su máxima expresión. Lo distingo en mi memoria no solo por su técnica, sino por ser un hombre humilde, sincero y de corazón noble. En su haber no solo fue un brillante acompañante, sino también el amigo de grandes figuras de aquella época, quienes lo consideraban y trataban con profundo respeto.
Heredé el anhelo de empuñar el mismo instrumento que mi progenitor algo que no logré. Con el tiempo y esfuerzo, logré cantar, dominar la percusión con las maracas llaneras y rasguear a medias el cuatro. Sin embargo, mi camino se inclinó hacia la docencia musical. Por razones que ni yo mismo logro descifrar, no pude desarrollar ese acercamiento al duende de ser reconocido como aquellos intérpretes "triple A"; siendo realista, a duras penas llegué a clase D.
Creo firmemente que para trascender y poseer ese "duende" que marca época, hay que ser extraordinariamente bueno, entregarse en cuerpo y alma, demostrarlo en innumerables escenarios y hacer de ello tu único instrumento de vida. Se trata de grabar discos y ser reconocido por la historia. Muchos ansían la fama, pero en el arte, además del talento, se requiere una dosis inmensa de suerte y la astucia para aprovechar las oportunidades. Muchos, lamentablemente, mueren en el intento. Pocos logran alcanzarla…
Lo mío no llega hasta allá, (Tener duende de artista) y no por falta de ganas, sino porque disfruto la música a mi manera, sintiéndola en la intimidad. Puedo ver a otros percusionistas y admitir con humildad que suenan infinitamente mejor; mi milagro se limita a mantener el ritmo y no meter la pata al tocar en conjunto. Me siento profundamente honrado cuando alguien reconoce que tengo oído musical, puesto que el arte es tan embriagador e hipnotizante que una sola vida no basta para admirarlo en toda su magnitud.
¿El duende? Eso lo tienen los privilegiados, aquellos que marcan pauta en la radio y el streaming, que cobran grandes sumas y tienen la música a flor de piel. Ellos son los que beben vino en el Olimpo con los dioses; esos sí tienen mucho de duende. Yo soy solo una especie de aprendiz que conoce de arte y se vale de él para su propio deleite, para escucharse en su propio estéreo.
Lo mío no llega hasta allá, (Tener duende de artista) y no por falta de ganas, sino porque disfruto la música a mi manera, sintiéndola en la intimidad. Puedo ver a otros percusionistas y admitir con humildad que suenan infinitamente mejor; mi milagro se limita a mantener el ritmo y no meter la pata al tocar en conjunto. Me siento profundamente honrado cuando alguien reconoce que tengo oído musical, puesto que el arte es tan embriagador e hipnotizante que una sola vida no basta para admirarlo en toda su magnitud.
¿El duende? Eso lo tienen los privilegiados, aquellos que marcan pauta en la radio y el streaming, que cobran grandes sumas y tienen la música a flor de piel. Ellos son los que beben vino en el Olimpo con los dioses; esos sí tienen mucho de duende. Yo soy solo una especie de aprendiz que conoce de arte y se vale de él para su propio deleite, para escucharse en su propio estéreo.
Demás está decir que, en un segundo round, valdría la pena volverlo a hacer. Aunque el camino autodidacta me consumió los años, sigo aprendiendo y aprendiendo. Sigo sintiendo los mismos nervios al montarme en un escenario, sigo adicto a cada aplauso, a cada sonrisa, al pulso de canciones tan infinitas como los átomos en los multiversos.
El arte es para reír, para llorar, para sentir, para no estar de acuerdo, para vivir y también para morir. Todo eso nos acerca al duende, aunque no nos haga corpóreamente iguales a él. Que siga viviendo un poco la música en mi alma y en el mundo, brindo por eso. Hasta la próxima, Dios les bendiga.
El arte es para reír, para llorar, para sentir, para no estar de acuerdo, para vivir y también para morir. Todo eso nos acerca al duende, aunque no nos haga corpóreamente iguales a él. Que siga viviendo un poco la música en mi alma y en el mundo, brindo por eso. Hasta la próxima, Dios les bendiga.
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El #collage de imagen de portada fue realizado por mí en Microsoft Power Point, el resto de las imágenes son libres de derecho de uso, no me pertenecen y están enlazadas a su fuente de autor
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@equipodelta... Dios les bendiga...
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