El viejo Vicente, mi amigo.

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Vicente, era un señor de 71 años de edad, un suertudo de esta vida se pudiera decir, por el simple hecho de llegar a viejo, pero quizás él no lo veía así con ese punto de vista, porque a pesar de su edad aún se sentía joven. Ha sido campesino toda su vida, igual que su padre antes que él, toda una generación dedicada a trabajar la tierra, pasando por buenos y malos momentos que no pueden faltar en nuestras vidas. Después de tantos años dedicándole su tiempo al trabajo de la tierra, aún se le veía por el campo, observando sus sembrados de frijoles, yuca, boniato, maíz, por mencionar algunos. Aunque el tiempo se había encargado de hacer su estrago en él, nadie lo podía ver sentado en su casa, era una persona de mucha sangre, muy activo como si tuviera hormigas bravas en sus venas, pues salía en la mañana al campo, regresaba a la hora de almuerzo, seguía con sus tareas hasta la tarde que le daba descanso a los animales y se preparaba para el descanso. Nadie sabe mejor que él cuando y como escoger el momento de plantar o recoger una buena cosecha. Se podría escribir un libro sobre todas sus enseñanzas acumuladas, experiencias vividas de un hombre de trabajo que no podrían resumirse en páginas escritas, es sentarte en un taburete en el portal de su casa, recostarse hacia atrás a la pared, simplemente viajar en el tiempo.


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Vicente es mi amigo, así se encargaba de repetirme siempre que me veía cerca de su casa, aunque todos somos sus amigos a la verdad, por qué es una persona que no tiene maldad alguna en su corazón, siempre puedes contar con él. Muy bien recuerdo cuando era yo un muchacho, vivía con mi madre no muy lejos de casa de Vicente, llegamos allí siendo yo muy pequeño, creo que con dos o tres años tendría de edad, él siempre venía con su yunta de güeyes a traer una pipa de agua del pozo. Que decir de su señora Paulina, que en paz descanse, la madrina era un amor, siempre que hacía aquellos potajes de frijoles negros tan deliciosos que le quedaban para chuparse los dedos, nos enviaba una tina de aluminio pequeña, para mojar el arroz blanco de la comida, recuerdo que hasta lamía el recipiente, cuando hacia harina de maíz no sé qué arte se daba para hacer una especie de raspitas a modo de empanada que a mí me encantaban. Me vienen a la mente muchas imágenes de mi infancia, correteando todo aquel campo sin zapatos, sintiendo la tierra en los dedos de los pies, el rocío de la yerba en la mañana, levantándome con el canto del gallo en la mañana, bañándome el rostro con el primer rayito de luz del amanecer, cazando cocullos en temporada de salida del mismo, que decir la cantidad que reunía de ellos me gustaba su luz verde en la noche. Me alimenté de cada árbol frutal que había por los alrededores en aquella vega de Vicente, me le perdía a mi mamá para el arroyo para atrapar peleadores, comer pomarrosa fruta que crecía alrededor y perseguir tomeguines del Pinar ave que abundaba por allí de hecho oriunda de mi provincia. Hacía mil trastadas cómo la vez que le escondí las botas de gomas de trabajar a Vicente, el pobre se volvió loco buscándolas por todos lados, ese día terminé con una buena surra en las nalgas con un cuje de guayaba. Tenía un refugio imaginario encima de una mata de guayaba por dónde veía todo el mundo, a veces se convertía en un barco pirata o lo que sea que se me pudiera ocurrir en aquella mente infantil, no podía ver una penca de palma con yagua porque enseguida iba a deslizarme con ella loma abajo, hasta comí una vez pastel de fango, la verdad nunca me sentí tan libre en la vida. Éramos pobres la verdad, pero nunca nos faltó la ayuda por parte de Vicente y Paulina, ambos eran Cristianos, incluso ahora que recuerdo él una vez por la iglesia viajó a Roma donde conoció a líderes de la iglesia, no sé que se hubiera hecho mi mamá sola por aquel monte conmigo allí sin estas personas.


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Se le veía muy triste últimamente, ¿nadie se ha atrevido a preguntarle a caso? Me dije a mi mismo, puede que sienta solo tal vez, o que extrañe a su hijo, Vicentico, o Cachirulo, cómo todos le llamaban, que se marchó hace años del país, buscando el mismo sueño de muchos, en estos últimos tiempos de crisis. Eso me lo contó mi vieja, que se sabe todos los chismes del barrio. ¡Debe ser!, eso pensaba yo, pero no me gusta quedarme con la duda nunca, que conste que no soy chismoso, pero curioso, eso sí. Fui y le pregunté un día, resulta que con el paso de un ciclón, el cual ahora mismo no recuerdo el nombre y al que muchos afectó materialmente, aunque a él lo llevó bastante bien, diría yo, porque su casa sufrió leves afectaciones, había tumbado el muy inoportuno una mata de aguacate en el patio de su casa. Y ahí está la tristeza que muchos habían apreciado en su rostro, pero todo tiene su explicación, resulta que esa mata de aguacates la habían sembrado él y su difunta señora, año tras año recogían señores aguacates de la misma, pero no solo el hecho de caerse la mata, sino el significado de la misma, pues su difunta tenía delirio con su mata de aguacate, la sembró con sus propias manos. Muchos árboles frutales había cerca de su casa, Paulina se había encargado de hacer crecer su colección de frutales, contaba con una arboleda de mangos de todas clases, los que recuerdo que en temporadas de la fruta no se me escapaban de la dieta, a la redonda del hogar además había matas de chirimoya, mamey, guanábana por mencionar algunos. Mi madre me hacía muchas compotas y mermeladas con todas aquellas frutas, las envasaba en botellas, duraban bastante tiempo la verdad acompañando desayunos y meriendas.

Lo último que supe de Vicente, es que su hija Aurora lo había llevado para su casa en la ciudad para cuidarlo mejor, ya estaba muy viejito, no sé qué habrán hecho con la vega. Ahora que les comento de Aurora, ella tenía un hijo, era mayor que yo en edad, que traía de visita cuando venía a ver sus padres, siempre jugábamos por todo aquello de arriba abajo como el viento jugueteando con las hojas de los árboles. La verdad ya no voy por allí hace mucho tiempo, pues mi madre ya no vive por allí, se mudó mucho antes cuando se casó con el que fue mi padrastro, yo estudié, crecí e hice una vida como todos, pero uno siempre recuerda de dónde viene, y más las personas buenas que han marcado nuestras vidas, nunca se olvidan. Ya saben cómo dicen, prohibido olvidar, por eso quise dedicar estás líneas para ellos, en especial para que queden grabadas en esta casa de todos. A veces hay personas que te sorprenden con pequeñas acciones de humanidad, volviéndose familia sin serlo consanguíneo, pero así uno los aprecia, pues se cuelan en nuestra piel como enredaderas que brotan flores adornando un árbol huésped. Espero que si llegaste hasta aquí te haya gustado mi historia, el agradecimiento por tu lectura no puede faltar y muchas bendiciones.

En memoria de Vicente y Paulina, dos ángeles en mi vida.

El viejo Vicente, mi amigo. | Ecency