Y fue en ese bendito instante donde agradecí a la vida por darme una eterna alegría.
Y es que ver el cabello de mi madre dar lucha contra el viento y mi padre presagiando cada destello que su risa enardecía, ella se sentía como una reina, él la miraba mucho más que eso.
Las carcajadas descontroladas del juego de mi hermana y una playa que brinda más que lo que mi opinión pueda elogiar.
Las olas apaciguan el ambiente de una familia, de una unión, de un amor eterno y el producto de ello.
Ahora solo cierro mis ojos en busca de esa eterna alegría, que llena mi corazón de amor cada vez que busco el calor de mi madre.
La lejanía me aparta de esos momentos, pero el recuerdo me vuelve a ella, me regresa a mi madre. Tengo miedo porque solo me queda el olor de su fragancia que ya está a pasos de arrancarse de mi olfato, por los miles de kilómetros y días sin su presencia y ese inigualable olor de su amor tan puro.
También tengo la vanidad de exaltar a mi otra mitad, que por cierto lleva mi mismo apellido y mis mismas amarguras, amarguras que solo quedaban en instantes de furia, pero que me recalcaban la belleza de tener mi misma sangre.
Ahora solo queda ese bello recuerdo que tuvimos un carnaval, donde el mar fue testigo de la verdadera unión y que mi recuerdo rebobina queriendo no dejar escapar cada detalle de un inmerso amor familiar.