Cataluña partida por la mitad

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Cataluña es un territorio fracturado por la mitad. En él, una mitad sociológica soporta como quien acepta una tormenta y sus consecuencias la alharaca vociferante e hiperactiva de la otra. No resulta difícil identificar cada mitad en la franja roja y en la amarilla de las franjas que identifican su bandera. Tras las elecciones catalanas, convertidas siempre en un plebiscito nacionalista, ambas mitades siguen igual. Sólo la ilusión de los independentistas ha aumentado. Aprovechan que les favorecen las proporcionalidades a la hora de computar el porcentaje de voto emitido y la representación resultante, según la Ley D´Hont que se aplica en España, en el reparto de escaños que los distintos partidos, muchos, van a ocupar en el parlamento autonómico catalán (para los independentistas "parlamento nacional"). A buen seguro habrá gobierno de concentración, esto es, que partidos catalanistas de izquierdas y derechas y sus extremos se unirán con la estelada (bandera catalana con estrella independentista) como bandera. Ni ahora por la Covid ni nunca ha habido en la España democrática un gobierno de concentración, como lo hubo en Alemania, por ejemplo. En la comunidad catalana sí, por supuesto, "junts" por la entelequia de ser un estado diferente del estado español al que constitucionalmente pertenece. Las ilusiones son legítimas pero no necesariamente legales, como es el caso del denominado "procés" que sigue echándole un pulso a los denominados constitucionalistas españoles. Sin embargo, nada ha cambiado de verdad.

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Resultado electoral por provincias en Cataluña 14 F

Cuando ganó las anteriores elecciones catalanas la "ciudadana" Inés Arrimadas (con más escaños que los que ahora le han dado la victoria al ministro que ha dejado su cartera de Sanidad en plena pandemia, Salvador Illa, como candidato del PSC) tampoco su partido había ganado nada. Ella sí. Su frescura, su juventud, su atractivo personal, su valentía, aglutinaron gran parte del voto constitucional en su comunidad o país, como quieran, en Cataluña. Su error fue que, aún siendo ganadora en votos y escaños, como ahora ha conseguido serlo el candidato socialista Salvador Illa, su número no era suficiente para alcanzar la mayoría absoluta necesaria para gobernar y los pactos posibles para conseguir esos preciados 67 escaños no conseguían la aritmética necesaria. Arrimadas dijo demasiado pronto que no se presentaría a la investidura, aunque la perdiera sin duda por la suma de los votos de los partidos independentistas o aunque el president del parlament catalán ni siquiera le diera la oportunidad de realizarla, prerrogativa que, a diferencia del congreso español, sí tiene el presidente de la cámara en el parlamento catalán. Más tarde, para colmo, cuando estaba haciendo Arrimadas una estimable oposición, abandonó Cataluña para hacer política en el congreso español. Ahí se acabó el efecto candidata conocida, fresca, atractiva, valiente, oportuna, capacitada y con carisma.
Illa no ha caído en el mismo error. Aunque parece claro que gobernarán los independentistas unidos y no lo hará ningún frente constitucionalista liderado por Salvador Illa, él si está escenificando que, si le dejan, se presentará a la investidura y aprovechará ese debate para reafirmarse como jefe de la oposición y fortalecer así su propia figura política en Cataluña para volver a intentarlo en las elecciones de 2025 (si no se adelantaran)
Pero de la misma manera, digo, que no ganó el partido "Ciudadanos" en las anteriores elecciones aunque obtuviera su candidata, Inés Arrimadas, el mayor número de votos, tampoco ahora ha ganado en realidad el partido de Illa, el PSC, sino el denominado efecto Illa. Y de la misma manera que Ciudadanos ha obtenido ahora una pequeña representación parlamentaria, el PSC podría volver a su irrelevancia anterior en Cataluña, al momento en que Arrimadas le mordió los talones y los pies enteros, que se demostraron de barro.
Son los liderazgos los que parece claro que aglutinan el voto y las esperanzas de quienes se los otorgan. Esos liderazgos vienen alimentados por la cantidad de horas de televisión y radio y pantallas de internet que les hacen populares. Eso, por un lado, por otro, los liderazgos se vuelven el único reclamo por la incapacidad manifiesta de los constitucionalistas de no ser un frente de concentración política como sí lo son, pese a su enormes diferencias ideológicas y la enorme debilidad e inconsistencia de la mayoría de sus candidatos, los independentistas, lo que desajusta definitivamente la ya de por sí surrealista situación política en Cataluña. Si a eso le añadimos los 11 escaños que ha obtenido VOX, el partido de extrema derecha española, pura gasolina para la maquinaria movilizadora de los independentistas, la balanza parece claramente escorada a favor de quienes pretenden separar Cataluña de España, pese a que el problema no sea el de un territorio oprimido que quiera independizarse, sino el de la fractura de un territorio partido por la mitad dentro de un estado social y democrático de Derecho como es la actual España, perfectible pero indudablemente dentro de los estándares de calidad jurídica y política europeos, en la que una de las mitades impone como único relato de la realidad su alucinación nacionalista a la otra.

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Inés Arrimadas (C's) y Salvador Illa (PSC)

(c) Domi del Postigo / www. domidelpostigo.es

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