Bajo la luz de un ángel, que nos señala hacia lo alto, entramos en lo profundo de la casa.
Por un hilo se va desanudando la trama, un detalle nos revela un mundo de colores, formas, simetrías. Desde ese punto del universo sobre el que andamos, la casa nos abre sus secretos.
Primero un largo pasillo que culmina en un ventanal de evanescentes cortinas que mueve leve el viento, fondo en el que la mirada se hunde para respirar el aire cargado de vivencias de ese lugar.
La sirena nada en su mar de piedras, sobre esa barca que la mece por siempre en las aguas de la eternidad. La acompañan en su viaje figuras inmóviles en su gesto acariciante.
Los sombreros hablan con su lenguaje de fibras y cintas de playas, de montañas, de paisajes por los que se han paseado, inquietos y hermosos.
Y esa mujer de dorada figura clama al vacío su desesperación, impreca ante ese auditorio de ausencias su desencanto.
Mientras, el cardenalito crea su enorme nido, y alado entona su canto de auroras, de cielos libres, dentro de ese hogar tan abundante y pródigo de maravillas.
Sobre un baúl los gatos de la casa se estiran y espurrian, flexibles y juguetones, todo lo olfatean, todo lo ven, todo lo acarician con sus colas peludas.
El gallo desde el comedor lanza su canto a la amplitud del aire, llama a los comensales a congregarse alrededor de la mesa, donde se parte y se celebra el pan, la familia, el hogar.
El ángel que nos guarda recuerda siempre lo que nos espera en lo alto, el sueño leve que aquí en la tierra somos.
Todas esas casas dentro de la casa, todas esas ventanas que abren a nuevas casas, estancias para el sueño, la fantasía, como estas figuras de tela reinando asomadas, sentadas, colgadas.
O la silla de los niños sellando esa enorme y ornamentada puerta, tan viva en su geometría maderosa, guardando los enigmas que atravesarla suponen.
Pero esa mujer alegre, expansiva, toda vida, toda abundancia, ¿qué nos cuenta desde su mirada traviesa, qué conjuro nos lanza al cruzar sus dedos y sostener esa flor?
Nosotros tenemos las maletas preparadas, listas para emprender el viaje más absoluto, el más trascendental, esa valija que tantas estaciones y tierras ha desandado, para detenerse en este exacto lugar del mundo, su último hogar.