La vida transita por sendas misteriosas, muchas veces desconocidas e incomprensibles para nosotros. Hemos dicho y oído muchísimas veces que no debemos dejar de soñar, que no debemos rendirnos y que si nos esforzamos, siempre conseguiremos lo que queremos. "Cambia el plan, pero no cambies la meta" es una de las frases más repetidas por motivadores que nos ayudan a no desfallecer, a no prestar atención a los obstáculos que se nos atraviesen en el camino. Pero, ¿hasta qué punto la insistencia en el fracaso es perseverancia y cuando comienza a ser testarudez? Y, ¿acaso una puerta que se cierra no nos abre otra, muchas veces más atractiva? Si alguna vez has sentido que las cosas no salen como lo esperabas y que tu vida parece transitar por un camino que no era el deseado, este post es para ti. Déjame contarte una historia...
De momento, llamémosla Sophie. Sophie tiene once años, vive en una ciudad minera cerca de Johannesburgo, la capital de Sudáfrica y es hija de un lituano y una inglesa, ambos judíos. Estamos a principios de los años treinta, la primera guerra mundial ha quedado atrás y aún faltan unos años para la segunda. Sophie, como todos los niños, tiene un sueño. De hecho, como todos los niños, tiene muchos. Pero uno de ellos, digamos su mayor sueño, es convertirse en una gran bailarina. Por eso, acude a clases de danza. Pero entonces, a sus once años, le sobreviene lo que muchos llamarían una tragedia. Tras una grave dolencia cardíaca y el diagnóstico de una enfermedad relacionada, Sophie se ve forzada a abandonar la escuela... y sus estudios de danza. Su padecimiento la convirtió en una niña enclenque y solitaria, lo que le hizo abandonar sus sueños de convertirse en una gran bailarina.
¿Es injusto el destino? ¿podrá Sophie volver a retomar sus clases de baile algún día? ¿cómo animarla a que no desfallezca si la misma naturaleza (su enfermedad) es la que ha truncado su sueño? Son preguntas difíciles de responder. Sophie no volvió a bailar, pero para continuar con sus estudios, comenzó a visitar la biblioteca pública y descubrió "los encantos de la literatura". Aunque había escrito algún relato desde los nueve años, fue a partir de esta época en que se dedicó a escribir con asiduidad y a los quince años publicó su primer relato en la revista Forum. Había descubierto su nueva vocación: sería escritora.
Diez años más tarde, se trasladó a la capital y poco después, en 1949, publicó su primer libro de historias cortas. Durante las décadas siguientes, publicó más de una veintena de libros, recibió gran cantidad de premios y distinciones como escritora (entre ellos, doctorados honoris causa por las universidades de Yale, Harvard, Columbia, Cambridge, Leuven, Ciudad del Cabo y Witwatersrand) y en el 2006 fue invitada a la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, México, sentada, nada más y nada menos que, entre Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes. ¡Ah, sí, y además ganó el Premio Nobel de Literatura en 1991!Ya podemos dejar de llamarla Sophie y usar su verdadero nombre: Nadine Gordimer. Gordimer es considerada, junto con J. M. Coetzee, la principal representante de la literatura sudafricana del siglo XX y una de las activistas más importantes en la lucha y la denuncia del apartheid. Nadine afirmaba que "en nuestra época son pocos los que pueden mantener el valor absoluto de un escritor sin referirse a un contexto de responsabilidad. El exilio como modalidad del genio ya no existe." La autora de July’s People, Something Out There y My Son’s Story, realmente quiso ser bailarina de niña y una enfermedad la alejó de ese destino. No pude confirmar la naturaleza exacta de su padecimiento a través de ninguna fuente (en una incluso llegué a leer que su condición era inexistente), pero lo importante es cómo un giro del destino la alejó de lo que quería ser y la llevó a lo que ella era.
Así que la próxima vez que algo en nuestro camino se tuerza, vamos a detenernos un momento, a pensar en Sophie y preguntémonos, ¿qué no estoy viendo? ¿qué oportunidades me brinda este obstáculo? No se trata, ojo, de renunciar a nuestros sueños y convicciones a las primeras de cambio porque entonces seremos como una veleta en medio de un huracán. Se trata de reflexionar, de analizar nuestras tragedias y ver de qué forma, esa nueva situación puede favorecernos, en lugar de abrumarnos. Sin aquella enfermedad, probablemente Sophie no habría descubierto su vocación literaria, ni habría iluminado la vida de millones de lectores con sus libros. Nadine Gordimer falleció en 2014 a los noventa años, pero me habría gustado hacerle una pregunta: si hubiera podido decirle algo a aquella niña de once años que debió verse forzada a abandonar su sueño de ser una gran bailarina, ¿qué le diría?
Referencias bibliográficas: