A veces la infelicidad, como diría mi tía Ayita que Dios tenga en su santa gloria, nos premia con una paz gratificante.
Saber que al final de la ruta encontraremos la paz verdadera, es tener conciencia de que hemos transitado por el camino correcto, con flexibilidad y tolerancia.
Lo espiritual está en el poder de Dios. La violencia y el terror jamás podrán ser más fuertes que el amor.
De allí que llevo mi vida siempre con buen humor y ese deseo de ser útil, compartiendo lo mucho o lo poco que tengo con los demás.
El santo padre me premió con ese don de expresar la sutileza del alma, decir verdades sin herir sentimientos, ser dicharachero, juguetón. Pasar del hecho a la acción a través de un poema, un verso, una jocosidad, con el único fin de poder alegrar la vida a mis semejantes, con la satisfacción regocijante de lograrlo.
Así soy, llevo la vida con mucha humildad, recordando siempre lo que me dijo un tía en una oportunidad: Felices seremos cada vez que hagamos un favor.
Cocodite los espera en una próxima reflexión, con la bendición de Dios.