Hay un tipo de cansancio que no se arregla durmiendo. Y creo que llevo semanas viviendo exactamente ahí. No hablo del cansancio normal de haber tenido un día largo, de acostarte y pensar “mañana estaré mejor”. No. Hablo de esa sensación extraña de tener la cabeza permanentemente encendida mientras todo lo demás parece haberse quedado sin batería. Han sido semanas difíciles mentalmente. Estrés, interrupciones, problemas, cortes de electricidad que pueden durar seis horas, noches en las que descansar parece más una negociación que una posibilidad real. Y luego está lo otro, lo que no se ve: levantarte y darte cuenta de que tienes muy poco entusiasmo por absolutamente nada. Poco placer. Poca paciencia. Poca motivación. Muy poca paz. Es como si mi cabeza hubiera decidido declararse en huelga, pero sin dejar de exigirme que cumpla con el horario laboral.
Lo curioso es que sigo haciendo cosas. Y quizá eso es lo más extraño de todo. Una se levanta, resuelve, trabaja, conversa, atiende pendientes, contesta mensajes, hace lo que tiene que hacer y hasta puede reírse en algún momento. Desde afuera, probablemente no parece que esté pasando gran cosa. Y eso me hace pensar en cuántas veces confundimos funcionar con estar bien. Porque sí, estoy funcionando. Pero mentalmente estoy destruida. Aniquilada, si quiero usar una palabra más brutal y menos diplomática. No porque haya ocurrido una única catástrofe, sino porque el desgaste acumulado también tiene un límite. Son pequeñas cosas repitiéndose hasta convertirse en una cosa enorme. Una interrupción aquí, una preocupación allá, dormir mal, volver a empezar, intentar concentrarte, perder la concentración, volver a intentarlo. Y así, durante días. Hasta que un martes cualquiera descubres que tu cerebro ya no quiere participar en la reunión.
Dormir ayuda, claro que ayuda. A veces me acuesto completamente agotada y pienso que, al menos, unas horas de sueño van a devolverme algo de mí misma. Y durante un rato funciona. El problema es que no dura. Me despierto y la mente sigue ahí, con todo su equipaje. El descanso repara un poco, pero no reconstruye. Y quizá esa es la diferencia que estoy intentando entender ahora: no necesito únicamente dormir; necesito dejar de sentir que cada día tengo que recuperarme de haber vivido el día anterior. Necesito espacios donde no tenga que producir nada, resolver nada, demostrar nada, anticipar nada. Y qué ironía tan absurda: cuando estás cansada de verdad, incluso descansar puede sentirse como otra tarea pendiente. “Tengo que descansar”. Perfecto. Otro deber para la lista. Porque aparentemente hasta el agotamiento puede convertirse en productividad.
Y entonces llega la mañana. Esa pequeña crueldad cotidiana. Abres los ojos y durante unos segundos todavía estás en ese lugar extraño entre el sueño y la realidad, hasta que recuerdas que toca continuar. Y continuamos. Pretendemos que nada ha sucedido porque, honestamente, ¿qué otra cosa se supone que debemos hacer? El mundo no se detiene porque una tenga la cabeza saturada. Las responsabilidades no desaparecen porque estés emocionalmente drenada. El día comienza igual. Hay que levantarse, bañarse, trabajar, responder, decidir, resolver. Y uno aprende una especie de coreografía automática para atravesarlo. No necesariamente porque sea fuerte, sino porque la vida tiene esa pésima costumbre de seguir funcionando incluso cuando tú necesitas urgentemente un paréntesis. Supongo que eso es lo que más me agota: tener que actuar como si cada mañana empezara desde cero cuando, en realidad, algunas mañanas empiezan con el cansancio del día anterior todavía sentado en el pecho.
Y no, no quiero dormir. O al menos no quiero que dormir sea la única solución disponible. Quiero recuperar las ganas de estar despierta. Quiero volver a sentir curiosidad por las cosas pequeñas, disfrutar algo sin tener que hacer un esfuerzo consciente para conseguirlo, sentarme un rato sin que mi cabeza convierta el silencio en una oficina. Quiero paz, pero no esa paz abstracta que suena preciosa cuando alguien la escribe en una frase bonita. Quiero la versión terrenal: cinco minutos sin pensar en lo que falta, en lo que sigue, en lo que podría salir mal. Quiero sentir que mi propia cabeza vuelve a ser un lugar habitable. Quizá eso es lo que realmente estoy diciendo cuando digo que estoy cansada. No necesito desaparecer del mundo. Necesito que, por un momento, el mundo deje de entrar a golpes en mi cabeza. Y mañana, probablemente, volveré a levantarme y haré lo que toca. Pero hoy, al menos, puedo admitir algo sin adornarlo: estoy exhausta. Y fingir lo contrario tampoco me está ayudando.