Yo estuve allí cuando comenzó la afrenta. Ese día, como todos los días, luego de llegar de la escuela me senté frente al abasto a esperar que alguien me brindara una cerveza. El Guajiro y Chicho fueron los encargados de abastecerme esa tarde, luego, llegó Pito cara e’ mapa. Pito usaba botas de vaquero y andaba en moto. Él era de los que cuando estaba contento todos debíamos estar contentos, pero cuando estaba arrecho, nadie se le acercaba, lo dejábamos sólo jugueteando sobre su moto con mirada de loco llamando a la muerte, ya llevaba veinte accidentes que se le pegaron en la cara cual estampilllas. Ese día Pito era feliz, la sonrisa le brillaba en la cara agujeteada cuando se acercó a saludarnos. Al ver al Guajiro sofocado, con la camisa abierta y sudando, a Pito, de tanta contentura que cargaba, se le ocurrió refrescarlo con su cerveza, y así como era él, juguetón y aniquilador, le vació la cerveza encima. El Guajiro lo abrazaba mientras se reía, con una risa simplona y acorazada. Unas semanas después, estando yo con el Guajiro leyendo una gaceta hípica, volvió a llegar Pito. Sus botas resplandecían y por primera vez lo veía de camisa blanca, pidió una cerveza para calmar los nervios, para acicalar las ganas; todos sabíamos que estaba de novio con la hija del ruso y que esa tarde iba a hablar con él. Vi pararse al Guajiro, cerveza en mano, y despacito derramársela encima para refrescarlo de tanto nervio odioso. La camisa de Pito se fue volviendo amarillenta poco a poco, como la piel de su cara y el blanco de sus ojos. Me levante agitado, iba a estar presente en una verdadera pelea, y fue la primera y última vez que vi una igual. Pito no habló, con sus puños guardados en los bolsillos se dirigió a su casa, dejando atrás al Guajiro y su sonrisa simplona y acorazada. No sé el tiempo que paso mientras Pito no llegaba, sé que cuando llego ya no hubo tiempo ni nada. En sus manos traía aferrado un machete de esos nuevecitos que su papá nunca usó. Se paró frente al Guajiro y le dijo:
Vine a cortarte la cabeza.
El Guajiro lo miraba como pidiéndole que no lo provocara; los aullidos de perra recién parida de la madre de Pito retumbaban por todo el barrio, se arrodillaba rogándole que dejara todo así, pero ella no entendía que después de esas palabras moriría o mataría, no había otra alternativa. El Guajiro permanecía parado mirándolo de lado como si estuviese a oscuras y no lo viera, por un momento busco sus ojos y le dijo:
Déjalo Pito, que antes te mato yo que tú cortarme la cabeza, pero si sigues con esto y para hacértelo más fácil, te voy a dar la espalda; pero ya lo sabes, aun de espaldas te mato antes que me cortes la cabeza.
Con funesta tranquilidad, el Guajiro le dio la espalda, entrecruzó los brazos en su pecho; sus ojos estaban vacíos, sin mirada, nada que tuviese delante podía ver, porque estoy seguro, el Guajiro aun de espaldas permanecía mirando a Pito de frente. Pito empuñó el machete, alzó sus brazos dispuesto a dejar caer con fuerza la filosa hoja en la húmeda y oscura nuca del Guajiro, pero ya en ese momento el frió puñal lo había atravesado, su camisa se humedecía de rojo. No supimos cómo, pero a Pito no lo mato una puñalada, lo mataron siete puñaladas que nunca vimos entrar en su abdomen, sangraba por todos lados, pinchado como una tripa de bicicleta vieja, y fue cuando cayó sobre el asfalto que el Guajiro volteo para verlo morir de frente.
Duelo a Garrotazos. Goya.