Cuando no sabemos adónde vamos y qué buscamos, estamos perdidos en la existencia. Soñamos con un papel en la vida y desempeñamos otro. Al no conocernos no podemos hacer lo que queremos, más bien, hay que conformarnos con lo que tenemos. Pero cuando escuchamos realmente lo que nos dice nuestro interior y hacemos que este sea el motor de nuestro día a día, logramos "adueñarnos" de la vida.
Es fundamental valorar la esencia de nuestro pensamiento ya que nos permite formar nuestra autonomía y criterio propio. Nuestra vida pasaría a asemejarse a la ideal, evadiendo aquellas circunstancias incontrolables. ¿A qué vine al mundo?, ¿cuál es mi misión?, ¿cuál es mi objetivo en esta vida? Debemos lograr responder esas preguntas y hacer que se conviertan en nuestra voluntad, dándole el respeto y aprecio que se merecen.
Si ignoramos nuestro pensar, viviríamos de una manera deshumanizada. En el instante en que nuestro mundo interior pasa a un segundo plano, la opinión de los demás tendrá un peso decisivo en la orientación de nuestra conducta. Pasaríamos a ser vulnerables y frágiles a la presión de la sociedad que puede imponer falsos valores, los cuales pueden corromper nuestras metas y extraviar nuestros propósitos. Viviríamos un estilo de vida impuesto e impersonal, sin libertad, que es un acto libre, una manifestación del nuestro yo profundo, una afirmación de nuestra personalidad. Por lo tanto, nos convenceríamos de que la vida con la que se sueña en secreto, es inaccesible.
Ese pensar no debe construirse con odio, críticas, insultos ni divisiones. Más bien, con grandes ideas, dedicación, análisis, comprensión y aprendizaje. Para que cuando logremos conseguirlo y ponerlo en práctica, dándole la importancia que se merece, sea ejemplo a seguir a nuestro alrededor y se convierta en motivación para que los demás logren lo mismo. Convirtamos nuestra vida en el edificio más alto del mundo, donde los cimientos que lo sostienen sean nuestros pensamientos y a partir de ellos podamos edificar el resto.