Me senté en la sala de espera,
con el cuello torcido.
Observé al barbero cortar sus rastas.
Charlaron mientras las tijeras cortaban al chico hippie
de unos respetables veinte y tantos.
Parecía tan indiferente.
Él incluso se rió.
Pero con cada curvatura que caía,
descubrí que lo amaba cada vez menos.