Inclemente, sin sentimientos, midiendo los segundos, cortando los minutos, viendo pasar la infinidad de la vida sin inmutarse. Él avanza.
A su ritmo.
Con una marcha forzada e invariable; en un camino sin principio ni final; en un ciclo infinito que dura una y otra, y otra vida.
A su velocidad.
Todo se adapta a sus caprichos, a su democrática ley, a las cadenas de su reino. No puedes escapar. No quieres hacerlo.
Como la sombra feroz de un perro, te persigue. Escuchas sus pisadas, las cadenas en su cuello. La persecución incesante de sus pasos te empuja hacia adelante, hacia el abismo de los años, hacia el futuro que nunca llega, hacia la tumba.
tac-Tic-tac-Tic
No retrocede.
Cada aguja que se mueve representa el arduo trabajo de tu muerte. Él es el asesino silencioso; su mundo invisible rige tu vida y la transforma en simples números. Tu existencia es un parpadeo que se desintegra al compás de ese sonido pesado, monótono, mecánico. Tic-tac-Tic-tac, no retrocede. Tic-tac-Tic-tac, no se detiene, solo avanza así no quieras. Y en su avance te arranca de los brazos todo lo que realmente quieres. Tic-tac-Tic-tac. No puedes evitarlo.
Abres los ojos—los cierras. Eres un niño con la inocencia en el rostro. Abres los ojos—los cierras. Entre tus brazos está el primer amor, la magia del primer encuentro, la noche sin estrellas. Abres los ojos—los cierras. Estás en el cubículo de tu trabajo. Te preguntas en qué momento llegaste allí, en qué momento los días se transformaron en rutina, en una marcha inclemente al compás del tiempo.
Abres los ojos—los cierras. Aquel mundo de tu niñez ha desaparecido; todas las personas que te acompañaron en tus primeros pasos se han esfumado. Abres los ojos—los cierras. Te encuentras cada vez más solo, y en tu soledad el tiempo besa tus arrugas, tiñe tu cabello de gris y revive para ti a cada una de las personas que alguna vez quisiste y ya han muerto.
Abres los ojos—los cierras. Y entiendes que estás en una vorágine de sufrimiento indescriptible, en un dolor sin nombre que deja las huellas marcadas allí en donde has encontrado tu última morada. Entonces, el tiempo te mima. Se hace más lento para que sufras, para que seas como él y veas la vida brotar por doquier, la flor de la juventud, la dicha de estar vivo, mientras tú, víctima del tiempo, te consumes, poco a poco, en una marcha casi eterna hasta que, abres los ojos—los cierras… y, sin tan siquiera advertirlo, ya no vuelves a hacerlo.
Una y otra vez
La simple espera
La flor de los recuerdos
Lo único inmóvil es el pasado
RECUERDA: El objetivo de este proyecto es compartir música, así que puedes dirigirte a los comentarios y dejar una canción que represnete, para ti, el sonido del tiempo.
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