A lo largo de la existencia, el hombre se ha planteado las llamadas “preguntas existenciales”, es decir, aquellas preguntas que no pueden ser respondidas y que están presentes constantemente en los pensamientos de los seres humanos; están relacionadas con la vida y la mera existencia. Todos hemos oído alguna vez a alguien preguntarse: “¿Quiénes somos?, ¿De dónde venimos?, ¿A dónde vamos?, ¿Cuál es el significado de la vida?”. De modo que estas preguntas son las clásicas dudas existenciales, que muy probablemente, no serán respondidas jamás. Sin embargo, me atrevo a plantear una pregunta muy importante: ¿Cuál es la naturaleza verdadera del ser humano?
Para el lector quizá en primer momento pensara que esta pregunta ya ha sido respondida más de una vez, siempre se dice que somos creados por un ser superior benevolente y cada ser humano “nace bueno”, a pesar de cualquier comportamiento errático que este pueda tener, su vida en líneas generales, al menos en momentos clave, es regida por lo que es denominado y socialmente aceptado como buenos principios del hombre: bondad, amor, solidaridad, empatía, honestidad, respeto, pacifismo, etc.
De hecho este punto de vista está respaldado por la religión, cualquiera que sea esta, pues casi siempre se habla sobre la creación del hombre a imagen y semejanza de un ser supremo; un hombre que sigue los parámetros o normas que este dios dicta. De modo que se dice que la naturaleza del ser humano es «buena».
Se dice también que cada acción llevada a cabo por el hombre (incluyendo avances científicos, artísticos, culturales, arquitectónicos, etc) tienen como fin último el altruismo y el beneficio del prójimo.
Ahora bien, si nos detenemos a pensar sobre esto, o con solo observar a la raza humana, esta teoría parecer ser utópica; la naturaleza humana parece ser totalmente opuesta a lo que se cree, cosa que se pude afirmar echando un vistazo a la historia: dentro de las características que podemos describir en el humano se encuentran la hipocresía, egoísmo, mentira, engaño, traición, hostilidad, agresividad, vanidad, envidia, deshonestidad, irrespeto, codicia, odio, etc.
El hombre desde sus inicios ha tenido la necesidad de demostrar e imponer su poder sobre sus semejantes, esto es lo que lo impulsa a hacer cualquier cosa para dominar y conquistar, sin importar el daño que pueda causar a otros, a su entorno e incluso a sí mismo. El hombre se deja llevar por la frenetica y embirgadora sensación de fuerza, biehestar y grandeza que nos ofrece la agresividad, la sensación de victoria al poder dominar y someter a otros, adora con locura la sensación de ser amo y señor de su entorno, anhela ser alabado y seguido por otros, ser el líder único, al que se le da lealtad ciega, sin ningún tipo de cuestionamiento.
La guerra es la creación y fiel compañera de la humanidad, desarrollándose cada vez más hasta nuestros días donde existe la posibilidad de barrer la existencia sobre la faz de la tierra mediante armas atómicas, o de forma más sutil, diezmar la población mundial mediante armas biológicas.
Existe una lucha constante en los centros de estudios, trabajos (incluso en aquellas profesiones llamadas “nobles” tales como las relacionadas con el cuidado de la salud y la educación), grupos de amigos e incluso dentro de las familias, se puede percibir un deseo de destrucción y discordia que pareciera atraer irremediable y fatalmente al hombre. Incluso los “avances por y para el prójimo” mencionados en líneas previas, no parecen más que una larga y feroz carrera por demostrar supremacía, por dejar una marca en el resto de los hombres, un deseo egoísta de ser recordado como alguien importante que cambio el curso de la historia de la humanidad.
Por ello nos preguntamos ¿Algo nos impulsa a actuar de esta forma? ¿Ese “algo” es inherente a nuestra existencia o algunas condiciones de nuestro entorno nos obligan a actuar de esa manera? ¿Sera esa la causa de la eventual aniquilación del planeta y de la humanidad? y aún más importante: ¿Cuál es la verdadera naturaleza del ser humano?