Sus pasos la llevaron,
hacía lo más ruidoso de la ciudad,
donde la gente bailaba y se embriagaba,
para olvidar lo de la semana.
En su rostro se dibujaba la melancolía,
quiso endulzar su tristeza,
con un daiquirí.
Su fin era luchar contra la tristeza.
Pero los recuerdos la abordaron,
su alma débil,
su corazón herido,
las lágrimas no tardaron en aparecer.
Bajó la cabeza,
haciendo un movimiento de un lado a otro,
secó sus lágrimas.
Peinó con sus dedos su ondulado cabello,
dando señal que se había liberado del dolor,
causado por el amor.
Sin compañía alguna,
sin entablar conversación,
sola,
con su segundo daiquerí,
engañando a su corazón y alma,
disfrazando su melancolía,
con alegría, fruto del trago.
Intento liberar,
corazón y alma del dolor,
pero...
los pensamientos por él siguen devorando mi mente,
de nada sirven éstos tragos.