Afuera,
muchacho,
hay una multitud con carteles en la mano
hombres oliendo a sudor
soldados de piedra
que han llegado hasta las calles
y ahora son dueños y señores
de sus huellas.
Afuera hay,
muchacho,
un centenar de autos,
unos cuantos edificios,
hombres sin mirada y sin voz
que tienen las razones más valederas
en los bolsillos.
Afuera,
muchacho,
estamos nosotros dos,
náufragos en medio de tanta máquina
y tanto zapato
y tanto grito sordo,
desnudos,
para que no se confundan nuestros cuerpos
y podamos tentar al menos una caricia.
Afuera,
ya no podremos encontrarnos
como otras veces,
ni silbar una canción,
ni mirarnos a los ojos,
ni extender las manos,
no podremos arrastrar los pies
ni escribir una poesía.
Afuera,
muchacho,
se han acabado las palabras,
han volado a otros papeles
menos tristes,
menos pobres
y ahora no hay ser que toque nuestra puerta,
no hay sombra
ni hueco donde escondernos.
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