Julieth no estaba nada contenta con el destino que le esperaba, para ella no había nadie mejor que Harry, aquel joven trabajador que la había enamorado con su personalidad tan tierna, y también con aquella ingenuidad que lo caracterizaba.
Elizabeth, su madre también la reprendió en cuanto supo lo de su romance con el joven, y por esa razón ella había permanecido mucho tiempo encerrada en su habitación como castigo.
Su padre todavía estaba trabajando en El Parlamento, Arthur estaba en sus clases de equitación, y Elizabeth había ido a casa de Victoria Grandchester a visitarla, de modo que Julieth estaba sola en casa con los sirvientes y guardianes que la seguían a todos lados.
Sin más que hacer, ella salió al jardín trasero para pasear y despejar un poco su mente. El cielo estaba nublado, y una brisa fría le arremolinó los cabellos cuando se sentó en una de las banquetas del jardín, a beber chocolate caliente mientras lágrimas silenciosas surcaban su níveo rostro.
—¿Sabía usted que las señoritas se ven más lindas cuando ríen que cuando lloran? —le preguntó una voz detrás de ella.
—¡Harry! —exclamó la muchacha con voz trémula al ver a su enamorado al otro lado del portal, a unos metros de ella—. Es peligroso que estés aquí, mi padre, ya sabes...
—¿Tan mal te fue por mi culpa? —preguntó el joven, preocupado, tomando dos de los barrotes de las rejas con ambas manos.
—Mi padre pretende que me case, espera la oportunidad de comprometerme a la fuerza —dijo Julieth rompiendo a llorar.
—¡No! ¿Con quién? —preguntó él, indignado.
—Con el hombre más odioso que puede existir... ese tal Nicolai Petrov —dijo la chica, poniendo la taza de chocolate con desinterés sobre una mesita.
—¿Qué? —preguntó Harry como si no pudiera dar crédito a sus oídos.
—Como lo oyes, aún no han hablado entre ellos, pero ten por seguro que ese día me escaparé de casa para irme a Liverpool, a Manchester, o a cualquier otra ciudad, me marcharé a donde no me encuentren, pero me gustaría ir contigo.
Al Harry se le humedecieron los ojos.
—Yo hablaré con ese tal detective Fletcher, porque se me ocurre que si él le dijera a tu padre que no te puedes casar hasta que El Noctámbulo sea atrapado... no lo sé, con el objetivo de resguardar tu seguridad, por ejemplo, de seguro él escucharía su consejo, y nosotros podríamos ganar tiempo. Es que... aunque sea un aristócrata, ese Petrov sigue siendo un recién llegado en la ciudad y por lo tanto no está exento de sospechas.
En ese momento ambos vieron que a lo lejos se acercaba un guardia.
—¡No te desesperes, amor mío! Déjalo en mis manos. Ahora debo volver a la floristería, pero seguiré pendiente de ti. ¡Te amo! —dijo el joven antes de salir corriendo.
Después de verlo marchar, Julieth volvió a su habitación sin ánimos ya de seguir en el jardín. Cerró el ventanal y luego decidió recostarse un rato. Estaba cansada y le dolía la cabeza de tanto llorar, así que se tumbó en su cama y a los pocos minutos se quedó dormida.
La joven no supo cuanto tiempo pasó desde que recostó la cabeza en la almohada, pero despertó de pronto a causa de un ruido en la ventana, entonces se asomó por una hendija de los doseles de su cama y observó con horror a un hombre en la habitación, acercándose cada vez más mientras dejaba tras él unas huellas de lodo indefinidas.
Obedeciendo a un instinto, la rubia se echó hacia atrás hasta recostarse de la cabecera de la cama. De pronto los pasos cesaron y después de unos angustiosos segundos que parecieron eternos, los doseles se abrieron, dejando a la vista el predominante sombrero de copa alta del intruso.
Julieth gritó con todas sus fuerzas y salió corriendo por el otro lado de la cama, entonces los guardias que estaban apostados fuera de su habitación, entraron y el «distinguido» caballero no tuvo más opción que retroceder, huyendo a través del ventanal que estaba abierto de par en par.
El hombre saltó con agilidad hacia el jardín trasero, amparándose en la oscuridad ya que comenzaba a anochecer. Los guardias empezaron a gritar desde el balcón a sus compañeros.
—¡El Noctámbulo! ¡El Noctámbulo anda por los jardines! ¡Suelten a los perros!
La alerta se hizo efectiva y entonces los canes comenzaron a correr por el jardín, ladrando y aullando mientras los demás guardias los seguían.
Julieth estaba amparada bajo el brazo del ama de llaves.
—¡Está por los rosales! ¡Va a escapar! —gritó uno de los guardias, señalando el final del jardín.
A lo lejos pudieron oír la risa maníaca del hombre que en ese momento tomaba el sombrero para lanzarlo al otro lado de la pared. Con agilidad trepó el portal trasero y se perdió en la oscuridad.
La familia de Julieth, que había regresado a la residencia mientras ella aún dormía, al oír sus gritos no dudaron en correr hasta su habitación.
Todos tardaron en recuperar la calma, y solo lo hicieron cuando varios guardias aseguraron haber visto al hombre trepar el portón y posteriormente alejarse. Entonces Julieth se fijó que en la mesa de noche junto a su cama había un sobre, así que lo tomó y procedió a abrirlo.
Dentro había un collar con un dije extraño, se trataba de un pentagrama. Al reverso tenía una inscripción...
Julieth lanzó un grito ahogado y notó que también había un pedazo de papel que tenía algo escrito, de modo que se apresuró a desplegarlo para leer el mensaje.
Su familia la miraba entre confundida y expectante.
—Morirás —leyó con voz trémula—, sin importar donde te escondas, ni la manera en que te cuiden.
Aterrada, miró a su familia.
A la mañana siguiente, Dominic no dudó ni un segundo en poner a Benedict al tanto de la espantosa amenaza recibida, así como de la presencia del propio Noctámbulo en su hogar.
El detective se mostró sorprendido con el relato y le pidió la carta para almacenarla como evidencia.
Ese mismo día, más temprano, lo había visitado un muchacho peculiar que se identificó como el enamorado de Julieth Horan. Durante su visita, el joven le explicó que el padre de la chica no aprobaba el idilio entre ambos, debido a su procedencia modesta. El hombre no veía con buenos ojos que su hija aristócrata se hubiese enamorado de un sencillo vendedor de flores de la ciudad.
Harry casi le rogó ayuda para que intercediera ante Dominic, y así tratar de retrasar lo más posible el compromiso al que sería sometida Julieth. Ese tal Petrov era todavía un desconocido.
A pesar de que Benedic no conocía al joven florista, después de escucharlo, le había caído en gracia, e incluso pensaba que estaba en lo cierto respecto a su preocupación. Nicolai Petrov era un recién llegado, y no era prudente que Julieth Horan quedase a su merced hasta que el caso de El Noctámbulo fuese esclarecido, o al menos hasta que pudiera descartarse como sospechoso.
Así que cuando Dominic fue a verlo para contarle acerca de lo sucedido en su hogar, Benedic aprovechó la oportunidad para expresarle su inquietud con respecto a la idea del compromiso de su hija.
—¿Cómo lo supo?
—Eso no importa.
—De todos modos ¿está insinuando que considera a Nicolai Petrov como sospechoso? —dijo Dominic con un gesto de indignación.
—Pues sí, cuento con una lista de sospechosos y desde luego que un caballero recién llegado a la ciudad, y al que muy pocos conocen, no podía quedar por fuera. En realidad, para los detectives a cargo de una investigación, todos son sospechosos hasta que se encuentran pruebas irrefutables de inocencia.
Dominic se quedó en silencio, mirando a Benedict y finalmente desvió la mirada hacia una de las ventanas.
—Entonces le recomiendo que por la seguridad de la señorita Horan, no la comprometa aún. Con el debido respeto que usted merece, debo decirle algo, señor Horan... Si insiste en forzarla a comprometerse y casarse bajo estas circunstancias, no me deja más opción que creer que, o no le importa para nada la integridad de su hija, o tiene demasiada seguridad de que no le pasará nada, y eso, por razones obvias, lo enviaría directo a mi lista de sospechosos. No lo sé... si usted se siente tan seguro de que a ella no le ocurrirá nada estando a merced del señor Petrov, debe ser por algo, ¿no?
Dominic abrió mucho los ojos y volvió el rostro hacia Benedict.
—¿Cómo se atreve a ofenderme de esa manera? —dijo estupefacto.
—No se ofenda, hombre, yo solo le estoy expresando algo totalmente lógico, ya usted verá qué decisión tomar y qué dará a entender con sus acciones.
El hombre permaneció en silencio un par de minutos antes de responder.
—Tomaré su consejo... detective. Ahora, con su permiso, debo retirarme —dijo el hombre saliendo del despacho de Benedict.
Luego de la desagradable visita, Benedict volvió a citar a Wyatt en su casa y ambos pasaron toda la tarde intentando descubrir como había hecho El Noctámbulo para saltarse de aquella manera la seguridad de la mansión de los Horan, y asimismo, después de analizar juntos la nota que el delincuente dejó sobre la mesa de noche de Julieth, Benedic le pidió a su compañero que fuera a la biblioteca al día siguiente para buscar libros sobre ocultismo y satanismo. Él por su parte iría a la mansión Miller a visitar a Jane después de haber sido convocado por ella, de esta manera aprovecharía para entrevistarla más a fondo sobre su encuentro con El Noctámbulo.
Esa mañana, cuando el detective llegó a casa de los Miller, pidió hablar con el padre en primer lugar, pues necesitaba pedirle permiso para hablar con Jane.
—¡Buenos días, señor Fletcher! —saludó el altivo caballero entrando en la sala de estar—, ¿A qué se debe su visita? —dijo con voz parsimoniosa como acostumbraba a hablar, lo dijo mientras lo miraba con una ceja alzada.
—¡Buenos días! —contestó el detective con rostro inexpresivo—, venía a preguntarle si podría cruzar unas palabras con su hija —dijo sonriendo un poco.
—¿Para qué? —preguntó el padre, endureciendo aún más el semblante. Benedict no se sorprendió, sabía que Archivald Miller era muy celoso con su hija.
—Ella misma me mandó a llamar, supongo que tenía algo más que decirme con respecto al encuentro que tuvo con El Noctámbulo.
—Está bien —accedió el hombre—, pero lo estaré vigilando —añadió luego mientras salía de la habitación en busca de su hija.
Unos minutos después, la joven pelirroja entró en la habitación, cojeando un poco.
—¡Buenos días! —saludó—, mi padre me avisó que usted había llegado, pero prefiero hablar en el jardín trasero, es mi lugar favorito. Sígame, por favor.
Ambos se dirigieron entonces allí, y caminaron hasta un kiosco que tenía alrededor un barandal de color blanco, al igual que las columnas.
El cielo estaba nublado y había llovido un poco, así que las hojas de los arbustos, árboles y flores, estaban cubiertas de rocío.
—Bien —dijo Benedic, anotando en su libreta lo que parecía un subtítulo—, te escucho.
—Sí, es que olvidé decirle algo importante con respecto a mi encuentro con El Noctámbulo, supongo que estaba demasiado asustada para recordarlo en ese momento.
—¿Qué cosa? —preguntó Benedict con curiosidad.
—Escuché su voz... me dijo que... le gustaban las pelirrojas —dijo la chica frunciendo el entrecejo—, su voz me pareció conocida, pero no puedo recordar donde la he oído, sé que la he oído antes.
—En efecto, ese día me hablaste de su ropa, describiste los elementos que llevaba consigo, pero nunca mencionaste que te habló —dijo el detective—. Estabas tan asustada que solo podías decir que te había perseguido y como andaba vestido, y yo por mi parte estaba tan enojado por tu imprudencia que olvidé preguntarlo. Además de eso me gustaría saber en qué calle lo encontraste.
—En realidad no recuerdo exactamente, yo caminé a través de tantos callejones para que ni los policías, ni los conocidos de mi padre que pudieran andar por allí, me vieran, que de verdad no recuerdo en cual de ellos fue donde lo vi —contestó la muchacha, estremeciéndose ante el recuerdo.
—Entonces, fue en un callejón ¿no? —dedujo el detective mientras escribía.
—Así es —confirmó ella. Benedict dirigió la mirada hacia la casa, y en una de las ventanas de arriba descubrió a Archivald Miller, mirándolos con interés.
—¿Hasta dónde te siguió?
—Hasta una calle próxima al puente de Westminter —contestó la chica—, cuando llegué al puente, lo vi regresar por la última calle por la que me había seguido.
—Algún gesto que hiciera, o su manera de caminar ¿no te hizo recordar a alguien familiar?
—No, la verdad no me fijé en su manera de andar, solo me ocupé de correr y no pude ver su rostro porque el sombrero le cubría gran parte de la cara. Sin embargo su voz...
—¿Te recuerda a alguien familiar? —preguntó Benedict con mucho interés.
—Me parece que sí, solo que no puedo distinguir a quién pertenece.
—Bien, con eso es suficiente —dijo Benedict.
Ya nos estamos acercando a una etapa decisiva en esta historia, pronto descubriremos el desenlace. Muchas gracias por tu tiempo y por tu apoyo.