Cuentos / Relatos / Narraciones

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  • Y entonces…Qué es lo que se supone que debamos hacer…Me pregunto -a mi mismo- y esa misma pregunta te la estoy haciendo a ti…Tu me dirás qué es lo que “se supone” debamos hacer… - Ángel le lanzó su propuesta a Isidoro, en medio de aquel aquelarre.
    Una ola de murmullos se implantó apenas había terminado de hacer esa moción. Parecía que iba a seguir en aumento, cuando un brazo se alzó e imperiosamente ordenó silencio total…Ese brazo pertenecía a Isidoro.
    Atendiendo a ese mandato…Hubo un silencio muy estresante.
    Todos guardaron silencio, una expectación aberrante.
    Esperaban su decisión.
    Esperaron las palabras que en algún momento brotarían de los labios de Isidoro. Y este consciente de que algo debía decir; se tomó todo su tiempo.
    Hasta carraspeó. Hizo un intento -fallido- por cierto.
    Tomó aire, amplió su tórax. Levantó sus ojos al cielo.
    (Se sentía esa exasperación. Se podía escuchar hasta el aleteo de un zancudo.)
    Isidoro consciente de su poder, y de la expectación reinante…Cerró sus ojos
    y pareció que contaba mentalmente, (Sus labios movía…Mientras chequeaba a cada uno de los asistentes…Y se los dejaba ver) mientras les hacía señas con sus manos de que pronto estaría con ellos. Pero que lo esperaran.
    Este era su tiempo. Y lo estaba disfrutando. –Con mucho placer-
    El grupo era formado además de Ángel e Isidoro, estaban Miguel que hasta ese preciso momento, se caracterizaba mas por su lenguaje de señas, que por hablar con su boca.
    El resto (que eran numerosos) eran personas que no querían protagonismo alguno…Tan solo deseaban enterarse de lo último que pudiese ocurrir.
    Y por eso allí estaban. En ese salón tan grande, pero que con la afluencia de todos…Daba la impresión de que era muy chico.
    (Aunque en los pensamientos -entre los asistentes- se entre chocaban unos con otros, se arremolinaban sin ton, y sin son. Pero no se atrevían a mirarse entre todos los presentes.)
    Miguel estaba que se sentaba y se volvía a parar -una y otra vez- era muy evidente su grado de nerviosismo y tratando de sofocarlo, estaba Andriana, su hermosa pareja.
    Visiblemente alterada. Sudaba copiosamente. Sus manos temblaban.
    Y la expresión de su rostro reflejaba su nivel de angustia y desazón.
  • Debemos calmarnos. – Decía la mujer, pero es que en realidad, daba la impresión de que se lo manifestaba a sí misma.
    Como un pensamiento en voz baja.
    Los demás la escuchaban, pero nadie le respondía.
    Ángel la contemplaba a ratos, pero su atención se centraba en Isidoro, en su calidad de Guía. De jefe.
  • Sí. Debemos calmarnos. Aunque los culpables de esta afrenta lo van a pagar ¡y bien caro! – Atinó a reflexionar Isidoro, mientras sujetaba con fuerza extra limitada una silla y la colocaba en el sitio que era de su agrado; demostraba su cólera abiertamente desafiante.
    Los demás impulsados por el interés, seguían cada gesto que este hacía.
  • ¿Ya tomaste una decisión? – Le espetó ansioso Ángel.
  • Sí. ¡Y todos se enterarán! Ya lo verán… – Le respondió sin siquiera dignarse a mirarlo.
  • ¿Y podemos saber cuál es tu decisión? – Ansioso Miguel se aventuró a expresarse en forma verbal, por primera vez.
    Isidoro lo miró fijamente y volviendo su mirada hacia la calle, suspiró y comenzó a expresarse…
  • Por supuesto. Tarde o temprano, la sabrán… (Ya lo verán…)
  • Es mejor que sea temprano. – Recomendó Miguel nerviosamente.
  • Vamos a enfrentarnos. Vamos a hacerles morder, cada una de sus intenciones. Nos la vamos a cobrar. Claro que sí.
    A sangre y fuego…Ya lo sabrán. ¡Conocerán de mi furia! – Les dijo, sin mirarlos. Sus ojos estaban inyectados en sangre.
    Su decisión cayó como una bomba cuyos efectos, todos ellos temían.
    Posiblemente la sospechaban. Conociendo como lo conocían.
    …Y no esperaban otra cosa, mas que esa. Aunque por aquello de la esperanza, hasta llegaron a acariciar esa posibilidad del perdón. ¡Pero no con Isidoro!
    Por lo que guardaron silencio.
  • ¿Quieren guerra? ¡Pues la tendrán! (¡Y qué Guerra, LA MADRE de todas las guerras!) Ahora mismo les ordeno que todos empuñen todas las armas que tengan a su disposición ¡todas!
    Pelearemos hasta con las uñas. Con todo nuestro odio. Venceremos porque somos los únicos ganadores. Llamo a la guerra de todas las guerras.
    ¡Nadie nos podrá vencer! – Y poseído por fuerzas extrañas vociferaba de una forma proverbial. Lanzaba rayos y centellas.
    Una furia inaudita se había desplegado en una forma exponencial.
    Alzaba sus manos una y otra vez.
    Irradiaba un terror a todos los frentes.
    Contrastaba con la imagen que minutos antes daba.
    De una forma demencial agitaba todo.
    Los vientos de guerra ya se habían diseminado.
    Todo era un caos. Todo era confusión.
    El olor a sangre se derramaba por doquier.
    Ángel salió, sin pronunciar palabra alguna.
    Se le notaba el grado de agitación que sobresalía por todos los rincones.
    Adriana se frotaba sus manos, mientras emitía una risa bobalicona, en donde expresaba su nerviosismo. No encontraba asidero válido, ni tangible.
  • …Se lo buscaron. Ahora tendrán que pagar las consecuencias.
    Además ellos sabían a lo que se estaban exponiendo. – Miguel sorpresivamente se les mostraba muy satisfecho con esa decisión.
    Esas palabras desestabilizaron aun mas ese ambiente compulsivo.
    …Pero los demás ansiaban un hálito de espera. De reflexión. De análisis.
    Pero el líder ya estaba forjado en hierro candente.
    Y no se iba a amilanar por nada y menos por esa gentuza…Tal como él mismo los clasificaba.
  • Por lo menos; lo intenté… - Se contentaba Miguel con pronunciar esas frases vacías, pero que a él, lo llenaban.
    Y recordó como “esa gentuza” se habían atrevido a hacer lo que ya habían hecho y no era mas que haber tomado un terreno -el cual consideraban baldío- pero que para ellos, no lo era.
    Una superficie de aproximadamente unos cien metros cuadrados.
    Y lo habían tomado para utilizarlo como “espacio de esparcimiento”, pero que Isidoro no creía que era para tal caso. Ya él lo había tomado para otro fin.
    Y mientras todo era un hervidero…
    La ira desatada por el que los lideraba, su grueso verbo. Sus arengas destempladas…
    De forma súbita: ¡Calló! …Silencio…Inquietud…Zozobra…
    Angustiados todos centraron su atención al cien por ciento, en el espacio en donde su superior despotricaba a granel.
    …Pero ya no estaba en pié.
    Angustiados descubrieron su cuerpo inerme…En el piso.
    ¡Horror! ¡Estupor! Isidoro tirado en el suelo sucio…Sin mover ni un dedo.
    Un silencio de muerte se apropió de todos. Un frío lóbrego se apelmazó en la piel de todos los presentes.
    Y en ese preciso instante en que descubrieron que él estaba caído, una voz destemplada se elevó, proclamando lo siguiente:
  • ¡Lo mataron! – Un profundo escepticismo se adueñó de todos.
    No podían dar crédito a lo que sus ojos contemplaron.
    Su amado guía…El que los instruía…El que les indicaba ¿qué pensar? Y ¿qué actuar…? Yacía en ese piso frío. No daba muestra de signos vitales.
  • ¿Lo han asesinado? – Clamó otra vez incrédula.
  • ¡Cobardes asesinos! – Chilló una voz femenina.
  • …No puede ser… - Todos estaban aterrorizados. Ni uno solo de ellos, asumió la bandera que el caído enarbolaba.
    Miraban de un lado a otro, no sabían qué hacer, qué dirección tomar.
    Pero uno de ellos, escogió la puerta como mecanismo de autodefensa y mientras huía en forma desaforada, se le escuchó gritar…
  • ¡Nos van a liquidar a todos! …Mejor me voy… - Todos se sintieron aludidos. Todos temieron por su propia vida.
    Los segundos que siguieron, pudieron ver que uno a otro…Se iban.
    Se fugaban ya en bandadas. Sin cuidar la forma, ni el estilo.
    Sencillamente escapaban. Huían. Se desparramaban por doquier.
    Pronto ese salón quedó inmenso. Nadie quedaba en pié.
    Tan solo se encontraba un solo cuerpo caído.
    Mientras todos se arremolinaban a escapar de aquel recinto.
    …Nadie volteó a ver.
    Pasados unos momentos mas…El héroe caído…Comenzó a moverse.
    Sus movimientos eran torpes e intermitentes.
    Pero ya no estaba nadie allí para verlo.
    Se encontraba solo. Su soledad era aberrante.
  • ¿Qué pasó? …Qué me pasó… - Atinaba a clamar…Pero ya nadie acudió en su auxilio. Pues solo estaba.

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