Apenas se están apareciendo los primeros rayos solares…Y Dirimo Enrique está saliendo de su residencia.
Va alegre silbando una tonada mientras contempla extasiado las maravillas de la Creación.
Va como el viento mañanero…En pos de su matinal aventura. Mira allá, y más atrás también y por todos lados.
Se entretiene con cualquier cosa. Desde el trinar de cualquier ave pasajera, como el duro transitar de la diversidad de insectos que pululan tanto en los caminos, como en los senderos…Y también entre el follaje tupido.
Escucha el paso escandaloso de manadas de patos. Acompasado por los pericos también.
Por allá a lo lejos, divisa un águila que todo lo contempla con su mirar escatológico.
…En sus adentros hay un sinfín de conjeturas…Mira y trata de atar cabo… ¿Qué significará todo esto…? – Analiza y desmenuza todo.
Se detiene pues está intrigado, aspira vigilar su técnica de caza, pero la astuta cazadora despreciando su presencia…Emprende su vuelo majestuoso. Hace un gesto de desagrado. No pudo cazar a esa reina aérea.
Pronto divisa la sombra que lo cubre…Y mira cómo se pierde en lontananza.
Extasiado se recuerda…Que cada mañana se esparce en ese sitio privilegiado…En donde el correr del agua embelesa sus sentidos. Y es cuando él, aspirando se pierde entre sus recuerdos.
Así…Que endereza su proa…Y va dónde sus querencias lo arrullan.
Una sonrisa cómplice emerge dentro de sí mismo. Suspira para luego aspirar. Siente el influjo Divino.
Y suelta sus recuerdos como si se extasiara en ellos…Su vida se le arregla. Arpegios celestiales lo azuzan.
Esquiva lo infructuoso de tantas piedras que se le arremolinan.
Y entre salto y salto, contempla a lo lejos como dos cachorros de lobos juguetean entre sí.