Positivas o negativas, a veces nos empeñamos en hacer cosas de las cuales, al final de todo más que mal nos hace bien.
En la vida no existen momentos de tragedias o felicidad plena, todo gira en medio de situaciones cambiantes. Asumimos y soltamos actitudes para bien o para mal, a veces intencionadas a veces no tanto pero las asumimos.
Mencionamos muchos refranes populares luego de cualquier evento, uno de ellos: no hay mal que por bien no venga.
Me recuerda esta frase mis inicios como profesora, asumí un cargo en un colegio donde creí iba a estar mejor. Mi imagen sobre ese lugar era el mejor, una escuela que ofrecía calidad educativa, respeto hacia alumnos primeramente y hacia el personal que allí laboraba, en fin... la escuela ideal.
No estaba equivocada del todo, sigo teniendo una bonita imagen del colegio el detalle estuvo en el personal. Los docentes más antiguos mostraban celos por sus cargos, cualquier recién llegado, no era bien visto.
Aún siendo profesionales, este tipo de cosas suelen verse con frecuencia. El ambiente era hostil, no sentía progreso con mis propuestas, seguía adelante pero las malas vibras algo me anunciaban.
Al cabo de un año, todavía fue muy poco lo que hacía, no me dejaban emprender en el aula. Un día, recibí la propuesta para trabajar en otro colegio y sin pensarlo ni crear falsas expectativas decidí migrar, acepté sin dudar un segundo.
En ese colegio donde decidí iniciar nuevamente, crecí más aún, el cambio fue radical, todo lo contrario al anterior. Allí duré hasta mi jubilación, feliz y con compañeros de alta calidad. Como dice el refran:
No hay mal que por bien no venga...
Imagen propia de la comunidad, traída para participar en el concurso semanal