Hay sabores que no se cocinan, se heredan: la sazón de los abuelos lleva el amor en cada cucharada y la memoria en cada aroma. Comer de su mano es abrazar la infancia otra vez, porque sus guisos no solo alimentan el cuerpo, también el alma.
Hay sabores que no se cocinan, se heredan: la sazón de los abuelos lleva el amor en cada cucharada y la memoria en cada aroma. Comer de su mano es abrazar la infancia otra vez, porque sus guisos no solo alimentan el cuerpo, también el alma.